Las mesas bogotanas reciben al mundo

La Fundación Corazón Verde es la encargada de liderar Alimentarte, el festival gastronómico más importante de Bogotá que durante doce años ha deleitado el paladar de capitalinos y turistas.

Más de 200 restaurantes internacionales y nacionales se reunen en el Parque El Virrey durante dos fines de semana del mes de agosto. La primera parte del festival es “Mundo con boca” y se celebra los días 15, 16 y 17; allí la cocina española es el centro de atención con platos como tortilla de patatas, gazpacho, paellas, entre otros.

La segunda parte, “Colombia sí sabe”, se realiza los días 22 y 23 y tiene como protagonista las exquisiteses de la comida llanera tales como ternera, hayacas o tamal del llano, pan de arroz y muchos más.

Alimentarte le ofrece a los asistentes la posibilidad de degustar la mejor comida tradicional nacional y mundial, haciendo de Colombia un destino turístico cosmopolita y exponiendo la buena mesa bogotana con la presencia de restaurantes como Harry Sasson, Hermanos Rausch, Sagal Steak House, Fish Market, Pesquera Jaramillo, entre otros.

Vale aclarar que todas las ganancias del evento se destinan a los proyectos que lidera la Fundación Corazón Verde que trabaja con policías que han sido afectados por nuestro conflicto nacional.

Pistas para que disfrute del evento

  • Alimentarte comienza a las 10:00 a.m. y finaliza a las 8:00 p.m.
  • Si quieres alcanzar parqueadero madruga porque el festival espera alrededor de 200.000 personas. Si no alcanzas a coger estacionamiento, alrededor del parque encontrarás parqueaderos.
  • Para comprar necesitas cambiar tu dinero por tiquetes en la entrada del   parque El Virrey. Los bonos son de $1.000, $2.000, $5.000, $10.000 y $20.000.
  • Si quieres conocer más del festival gastronómico Alimentarte entra a: www.fundacioncorazonverde.com

Menú sobre ruedas

De la tradición a la modernidad. Poco a poco la venta ambulante de comida pasó de ser una actividad sumergida y sin control, a emerger como una opción para los paseantes, oficinistas y hasta una salida económica para los chefs. 

Desde hace mucho estamos acostumbrados a ver remolques, carros o camiones ofreciendo productos para ser consumidos en el lugar. No se trata de una novedad. La imagen del camioncito de helados es sinónimo de films de los cincuenta y sesenta. Se estima que 40% del mundo en desarrollo se alimenta con comida comprada en la calle, Latinoamérica constituye un ejemplo: tacos mexicanos, arepas colombianas, jugos, anticuchos y cebiches peruanos, choripanes argentinos; pero en estos tiempos la propuesta se sofisticó, sobre todo en lugares donde la competencia es feroz, y el nivel de consumo, elevado. Allí, la única manera de atraer al público es brindando algo distinto, no solo por su precio. 
Nueva York es uno de los ejemplos. En esa ciudad tienen éxito los llamados food trucks, camiones que venden comida a precios populares. Pero lo que hasta no hace mucho era un servicio asociado casi exclusivamente a fast food, se fue transformando, poco a poco, en gourmet, con opciones de menús que cubren prácticamente todo el espectro de gustos. 
En Manhattan el mercado es amplio. Resulta más económico restaurar una camioneta y equiparla, que comprar (y hasta alquilar) un local. La ubicación perfecta y el increíble aumento del uso de las redes sociales, también se ve reflejado en este tipo de servicio. Los clientes siguen el Twitter de una determinada camioneta para saber si se encuentra cerca. Patacón Pisao, Jiannetto’s Pizza, World’s Best Sandwich, The Jalapeño, Halal Grill, The Treat Truck y Street Sweets, famosa por sus postres, entre muchos otros con menú de comida latinoamericana, italiana, árabe, sándwiches, hamburguesas y hasta cafés. 
Los trucks se diferencian por el tipo de comida y por sus decorados, con colores y diseños llamativos. Tanto es así que por la gran cantidad de camiones en la Gran Manzana, se creó “The New York City Food Truck Association” (Nycft), entidad que agremia a los propietarios, asesorándolos en lo relativo a reglamentaciones, permisos y condiciones que deben cumplir en los distintos estados. En Texas, dos estudiantes alemanes de la Universidad de Austin, Michael Heyne y Dominik Stein, están al frente de Verts, un Döner Kebap (kebab) que funciona en un diminuto Smart, “el camión” de comida más pequeño del mundo. 
La propuesta no se centra en algunos cocineros. Son varios los chefs famosos que decidieron tener su propio camión-restaurante, por comodidad o como respuesta a la crisis económica, aunque el diseño con la firma de famosos no quede al margen. Un ejemplo es el de José Andrés y su camión Pepe, by Philippe Starck, que rueda por Washington con sus bocadillos con los mejores jamones y productos típicos españoles. La solución móvil ya forma parte de un movimiento que propone comer bien, rico y nutritivo, a un precio razonable, disfrutando la ciudad y sin pagar por la decoración y las sillas. 
La tendencia es tan interesante para el público en general, que el canal de TV Fox Life emite un show sobre camiones de comida: Eat Street. El famoso chef británico Jamie Oliver también se subió a su camión, un semirremolque especialmente diseñado por el estudio Rockwell, y con él emprendió una campaña de concientización, primero en Inglaterra, y luego con chicos norteamericanos, en relación con la comida saludable. La cruzada rodante se convirtió en un programa de TV emitido en Estados Unidos, Inglaterra e Italia. El punto vital de los camiones de comida es que son un lugar de encuentro, donde la gente habla mientras espera y entre una frase y otra sube las fotos en Facebook, Instagram y Twitter. Y se sabe: el boca a boca funciona. 
En Latinoamérica, Gastón Acurio lleva, nuevamente, la delantera, con un programa televisivo que muestra los mejores puestos callejeros de ceviche. La idea de este chef es que el ejemplo de quienes acceden a las cámaras se replique en otros ámbitos y especialidades, creando puestos de trabajo en espacios culinarios, donde se incorporen normas de higiene, son microempresas en las que el consumidor encuentra comida fiscalizada y certificada de calidad y a buen precio. Buenos Aires está en proceso de sumarse a la tendencia, la legislación al respecto se encuentra en estudio, pero ya son varios los chefs que  preparan sus “máquinas”, algunas fueron estrenadas en la última feria Masticar, donde se pudieron probar desde clásicos a la parrilla, de La Cabrera, hasta cocina de inspiración asiática, con la firma de Ernesto Lanusse, el hijo de Dolli Irigoyen. 
De fenómeno marginal a espectáculo de masas, de comida rápida y barata a propuestas más refinadas, la comida sobre ruedas se va sofisticando y adaptando a los tiempos de competencia y su oferta no para de diversificarse, rodando, por supuesto.

Merhaba Turquía

Ubicado en Asia y Europa, este país es, consecuentemente, una mezcla de culturas, estilos y, cómo no, sabores.

Texto: Dionisio Pimiento (@dpimiento) / Fotos: Alejandro Arango

Era el viaje soñado, el irremplazable, el inenarrable, el más deseado. Su vasta historia ya constituía un motivo, pero su presente lleno de debates entre su papel en la Otan, sus pretensiones con la Unión Europea, el rol de los militares, la hasta hace poco vigente pena de muerte, o el ser la puerta –casi escotilla– entre lo que llamamos Oriente y Occidente, incubando en su interior un poco de ambos mundos, lo hacía más excitante como territorio por descubrir, por saborear. Su idioma no evoca nada que conozca y su comida, colorida y pletórica de sabores, es la gran excusa para una fascinante estancia, es Turquía.

Cada comida comienza con un surtido de mezes, pequeñas entradas frías o calientes, puro placer en versión yaprak dolmasi (hojas de parra rellenas de arroz, piñones y hierbas); o haydari de berenjenas con yogur y ajo; cacik, en el que el yogur va con pepino y menta; y acili ezme, con mucho tomate picante y cebolla. Esas mismas comidas concluyen, la mayoría de las veces, con un baklava con, se supone, más de 100 finísimas capas; los mejores baklava son los callejeros de Estambul –su ciudad emblemática– con mucho pistacho y un delicadísimo almíbar, y tanto allí como en su capital, Ankara, se puede probar el helado –dondurma–, servido con una destreza maravillosa.

Desayuno, bebidas y más
En las mañanas sorprende, seguramente por asuntos culturales o de hábitos, ver en el desayuno pepino, tomate, quesos (de cabra, oveja o blanco) y aceitunas. Tan frugal comienzo se puede acompañar de una especie de tostadas francesas esponjosas, coronadas con una porción de miel en panal, la que devoraba sin límites. Luego viene el té: en la mañana, a las 4 p. m., antes y durante la comida, a cualquier hora, abunda el té negro con mucha azúcar, dado su intenso sabor, fruto de la larga cocción.

Aquí el café es toda una experiencia: negro, fuerte y denso gracias a que aún conserva lo que los abuelos llamarían el ripio. Para estómagos aún más valientes está el ayran, una bebida de yogur y sal que sinceramente me gustó, y sahlep de leche con los bulbos de orquídeas, para muchos afrodisíaca, pero para mí bastante caliente y un tanto pesada para beberla.

Durante el día mucha carne, incluyendo la de mi amado cordero, bastante escaso en Colombia, y abundante verdura, rellena con arroz o carne, o en salmuera (aquí mi fantasía amorosa con la berenjena alcanzó la plenitud). También podrá ser pasta, manti, unos raviolis con yogur y carne o garbanzos; aunque si se está a punto de perder el ferry en el Bósforo, lo mejor es comprar rápidamente una especie de roscón con sésamo de la cadena de fast food Simit Sarayi y, allí mismo, al costado del puente Gálata, hay que atreverse con los sándwiches de queso, tomate y cebolla y con los mejillones, comida por supuesto callejera. Al regresar del viaje entre Beyoglu y Eminonu, se puede visitar el museo Istambul Modern y, al final de la tarde, será el momento perfecto para subir caminando a la torre Gálata, donde esperan pequeñas tiendas de diseñador, un par de cafecitos y noches a pie por calles muy animadas.

Otros para no perderse
En Estambul hay que comer en Ziya Sark Sofrasi, deliciosos y auténticos kebabs (no la versión turística que se ha expandido por el mundo). La comida en este restaurante es de gran calidad y se debe tener en cuenta que allí, como en muchos otros restaurantes, no se vende alcohol. 

Imposible perderse el cordero en costra de sal que se sirve espectacularmente en la mesa de Hatay Has Kral Sofras, e ir en las noches de luna llena a Balikçi Sabahattin, pues bajo el jardín escondido en aquel callejón se degustarán maravillosos pescados muy frescos, que mejora al mirar la luna en todo su esplendor; comer aquí es una experiencia inolvidable. La media tarde es el momento para estar en Karaköy Güllüglu tomando té con baklava y con börek; o de ir a Ali Muhiddin Haci Bekir, la pastelería otomana más famosa y en la que todas las delicias se sirven con la máxima calidez y en cajitas decorativas.

Es imperdonable no volver a casa con un buen surtido de especias y tés, pero comprados en el Bazar de las Especias en el corazón de Estambul. La excusa para que momentos y sabores únicos nos transporten de nuestra cocina a esta tierra llena de misterios y encanto.

Ankara es para muchos un lugar de paso, y en mi concepto vale la pena dedicarle aunque sea un día, con visita al Museo de las Civilizaciones Anatolias y recorriendo la Ciudadela. En esta ruta está Çengelhan, el restaurante del Museo Industria Rahmi M Koç, una antigua casa bellamente restaurada y en la que hay que probar el surtido de seis mezes, así como el pan de aceitunas negras con dip de yogur, preciosamente servido

De Turquía no quiero irme. Es curioso que un lugar atrape de esta manera a pesar de las aparentes dificultades para comunicarse, ligadas a un idioma muy ajeno; pero lo verdad, en esta tierra con una sonrisa y sabiendo saludar, merhaba, y diciendo Elinize saglik “bendita sea tu mano”, a quien te ha dado maravillosamente de comer, se vive inmensamente feliz.