Saboreando el Mundial

En junio, el mundo rueda detrás de una pelota. Es el mes del mundial, de la Copa del Mundo FIFA 2014, en Brasil. La gran mayoría seguirá el evento por televisión; los afortunados, viajarán. Entre partido y partido, el país latinoamericano permite a quienes lo visiten, descubrir, en cada una de las doce ciudades que recibirán el encuentro, su gastronomía. Nos centramos en San Pablo, porque en ella se concentran los espacios destacados.

Texto: Raquel Rosemberg (@raquelrosemberg)

La ciudad surgió como un pequeño pueblo y fue creciendo, hasta convertirse en la más grande de Latinoamérica, motor de la fuerza económica de un Brasil también gigante. Fundada en 1554 por jesuitas, indios y el portugués João Ramalho, al que los paulistas consideran el grande padre del Planalto paulista, João junto con el padre Manoel da Nóbrega, construyó una pequeña cabaña, base del San Pablo actual. Nóbrega, devoto del apóstol Paulo, fue quien escogió el día del santo para fundar São Paulo de Piratininga, ciudad multicultural. El fútbol es una buena excusa para conocerla. Se comienza y después… E vai rolar a festa!

La gastronomía de San Pablo sorprende. Si se llega pensando que aquí solo se puede probar feijoada, el contraste con la realidad será fuerte. Para conocer su mesa harían falta muchas visitas. Lo mejor es dejarse llevar. ¿Qué comer? Brasil está presente en pequeños y grandes restaurantes o en puestos callejeros. Hay que probar platos típicos, de antigua tradición y muchos representantes de otras geografías. Los distintos sabores del mundo están representados por sus descendientes. Aquí viven grandes colonias de inmigrantes (tanto de italianos como de japoneses, entre otros), que poseen espacios de excelente nivel.
Los mercados y las ferias ambulantes son una muestra de la naturaleza en vivo que deja sin aliento al visitante, y no deben faltar en el programa. Una opción es el Mercado Central

Paulista, construcción neobarroca. Si es posible, vaya a la madrugada, cuando llegan los pescados y mariscos que de tan frescos parecen vivos. Más tarde podrá ver y probar esos frutos de formas y sabores exóticos y vegetales, con ritmo y nombres musicales. Otra posibilidad es llegar al Mercado Público. Al final del recorrido se impone comer un sándwich (gigante) de mortadela en el Bar do Mané. Luego, para bajar calorías, recorrer el centro histórico y apreciar la Estação da Luz, el Museu da Língua Portuguesa y la Pinacoteca.

Siguiendo con el itinerario, es hora de beber y comer. El Bar Da Dona Onça es una de las mejores opciones en la zona. La chef Janaina Rueda propone platos caseros y abundantes. Frecuentado por la bohemia paulista, a la mesa van llegando caipirinhas a base de cachaça artesanal y embutidos caseros, entre muchos otros bocados. Avenida Ipiranga 200. Edificio Copan.

Para la noche, después de los gritos de gol, vaya a Vila Medeiros, en la periferia. Allí está Mocotó, la cachaçería de los Olivera, familia de Pernambuco. Sirven clásicos, como rodilla de cerdo, cubos de tapioca frita con salsa fogosa y escondidinho (pastel de carne), entre otras opciones. Los helados artesanales de frutas exóticas son imperdibles. En el local contiguo, Esquina Mocotó, Enrique Olivera sorprende con su cocina, donde rescata las raíces familiares. www.esquinamocoto.com.br

Si la idea es conocer la inspiración nipona, hay que ir a Liberdade. En este barrio vive la comunidad japonesa más grande del mundo, fuera de Japón. Está poblado de tiendas, comercios y restaurantes donde es posible encontrar todo tipo de vajilla, especias y bocados.

Otra zona para recorrer es la de Jardim. Allí, si el sabor elegido es el italiano, sin duda, la brújula indicará el restaurante Fasano. Dirigido de cerca por el mismo Rogério Fasano, posee una carta de gastronomía italiana increíble. Vittorio Fasano 88. Muy cerca está
la Casa Santa Luzia, una tienda gigante, con góndolas interminables. En el sector de bebidas podrá encontrar los mejores vinos del mundo, desde un Petrus hasta un Château d’Yquem 95, más todos los champagnes imaginados. www.santaluzia.com.br

A pocas cuadras, cuando se trata de cocina con mayúscula, no puede obviarse D. O. M. Dominus, Optimus, Maximus, el restaurante de Alex Atala que expresa un Brasil casi desconocido. En su carta pueden probarse platos de pescados, carnes, vegetales, frutas, raíces, hierbas, muchos de los cuales son la esencia de la selva y se encuentran en la vanguardia culinaria. La diversidad es el motor que le inyecta a Atala fuerza y que lo ha convertido en uno de los defensores y propulsores de la cocina latinoamericana en el escenario mundial (www.domrestaurante.com.br). Dalva e Dito es la otra casa de Alex Atala, con precios más económicos que D.O.M. Nació inspirado en las recetas brasileñas caseras y su cocina regional, como el pastel de mandioca. Aquí también se encuentran ingredientes amazónicos, como el pescado de agua dulce con una salsa de limón hierba y jambu (esa hierba que adormece algo la lengua). Rua Padre João Manuel 1115, Cerqueira César, San Pablo.

Y más adelante en el camino, es la hora de Mani, nombre de la diosa nativa de la mandioca. Se trata de uno de esos restaurantes que no deben perderse. Nació del amor de una paulista, Helena Rizzo (considerada la mejor chef del mundo), con un catalán, Daniel Redondo. Ambos combinan lo tradicional de la cocina brasileña con los aportes contemporáneos. Imperdible su huevo perfecto, cocinado a 63ºC, los pescados o la mandioca con tucupi, leche de coco y aceite de trufa blanca. (www.manimanioca.com.br).

El fútbol, entonces, será apenas una excusa para aproximarse a esta gastronomía tan sabrosa como el deporte que hace vibrar al mundo. La mesa está servida después de que suene el silbato.