Una expedición en busca de St. Emilion

Más de 700 millones de botellas son producidas al año en Burdeos, uno de cuyos poblados más representativos, en términos históricos y vitivinícolas, es justamente esta villa medieval.

Texto y fotos: Dionisio Pimiento (@dpimiento)

Soy Dionisio o Baco, un aprendiz permanente en el mundo de los vinos. Continúo catando, probando y dejando que mis papilas me guíen. Sigo descubriendo lo que las excita, cuándo, cómo y con qué sabores. He decidido, por salud, que una copita de vino acompañe en lo posible siempre mis cenas. Lo dicen los médicos: una copa al día es ideal para prevenir el cáncer, el infarto y sobre todo para ser más feliz e irse a la cama con una sonrisilla.
Como discípulo y aprendiz que soy, cogí mi maleta rumbo a Burdeos en Francia, que albergará a partir de 2016 la primera City Wine –Ciudad de las civilizaciones del vino–. Escuchando a las autoridades, a la prensa local y a los vinicultores, todos coinciden en que no será un museo temático, sino que más bien transformarán una porción del barrio Les Bassins de Flot, para acoger los elementos sociológicos, históricos, artísticos y culturales que atesora el profundo mundo de esta bebida de los dioses. 
En Burdeos, al oeste de Francia, se producen más de 700 millones de botellas al año de todas las calidades, pero yo he venido en busca de las que salieron de St. Emilion con fecha de 2003 y 2005 en su etiqueta. En el 2003, por ejemplo, hubo un intensísimo verano en casi toda Europa, que alcanzó en Portugal y Francia temperaturas superiores a los 40 ºC y altos niveles de sequedad. La llamada “canicule”, que al mismo tiempo preocupó a las autoridades y fue la responsable de más de 19.000 muertes en Francia y 70.000 en Europa, también fue, irónicamente, la responsable de un año excepcional en materia de vinos concentrados, para ser guardados y abiertos en momentos de excepción. El 2005, por su parte, se trató de un año único con muchos vinos milenarios calificados cerca de los 100 puntos como los Margaux, los Graves y, sobre todo, los de St. Emilion.
Aquí voy pues en este tren desde la encantadora ciudad francesa de Burdeos, hacia mi gran objetivo, St. Emilion –patrimonio de la humanidad–. Solo 35 kilómetros separan la ciudad, que esta vez será solo estación de paso, de esta zona vinícola, de sus ruinas e iglesias románicas. Aquí vamos llegando a este pueblecillo encantador que vive con el vino, por él y gracias a él. Este no es un simulacro, sino una relación genuina que se gestó desde el siglo II a. C., cuando los romanos plantaron los primeros viñedos y que ya para el siglo VIII se comercializaba según cuenta una singular historia que hasta hoy se escucha en las profundidades de una ermita excavada por el monje y confesor viajero, Emilion.
Al bajarse del tren, en una sencilla estación, se sube (caminando con viñedos a cada costado) hasta el pueblo, en el que se pueden comprar en cada esquina buenas botellas y disfrutar de múltiples catas y diferentes experiencias, siempre alrededor del vino. Al llegar también se podrá degustar ese sabor anciano de los macarons de St. Emilion, menos vistosos que los parisinos, pero con un intenso sabor a almendras, o descubrir la región al ritmo de cada cual en una bicicleta alquilada.
Yo me dejo guiar. Estoy aprendiendo segundo a segundo de los expertos. Entre sorbos de un Château Ausone me van contando que los vinos de 2003, como el que estoy probando, seducen por sus aromas a frutas maduras y por sus taninos muy redondos y complejos. Para 2005 hubo una vendimia excepcional con frutos perfectos, que dieron lugar a vinos armoniosos y poderosos, con colores profundos, untuosos y con un final en boca largo y elegante. Para demostrármelo degusto un poco, un poquito, de Château Pavie de este fabuloso año. 
Mi día concluye maridando los vinos de esta región con lo que más me gusta, la comida. Aprendo que van bien con champiñones, con aves de caza, con salmón, chuleta de cerdo, pierna de cordero y con el plato tradicional de Alemania y Alsacia, la choucroute que se prepara con hojas fermentadas de repollo sazonadas con pimienta y eneldo, y se acompaña con diversos embutidos. Por último, como aprendiz que soy, descubro los quesos que van mejor con los tintos de esta zona tan singular: Cantal, Comté y Reblochon forman parte de mi exploración.
Guantes y chaqueta cerrada. Hace frío en este invierno de 2013. Emprendo el camino de regreso a la estación de tren de St. Emilion. Este aprendiz lleva consigo algunas botellas que abrirá en casa, algunas más pronto y otras en momentos excepcionales. Quizás algunos de estos sorbos profundos formen parte de los instantes idílicos del amor y de la celebración. Otros “maridarán” con la derrota y quizás un último sorbo, custodie los momentos en que ronde la muerte.