La Montaña Azul, un jardín sin tiempo

En Costa Rica, entre una exuberante naturaleza, se abre un espacio sagrado para la práctica del Chi Kung Shaolin Wanham. Allí es posible, además, disfrutar de “La cocina feliz”.

Texto: Jimena Gómez Villa

En su imponencia azul, el color de los poetas, la montaña esperaba ser habitada para compartir su hermosura y ser descubierta en su esencia. Entonces, apareció Sifu Rama, quien bebió de la vida y la eligió como la tierra para sembrar las enseñanzas que le proporcionó su periplo por el mundo, donde Oriente fue el punto focal que desarrolló su forma de ser y sentir. En La Montaña Azul se practica y enseña el Chi Kung Shaolin Wanham, un arte milenario chino, al que nos acercaremos sutilmente, después de tomar de la mano a Sifu Rama y a Adelaida Nieto, su amor, y al corazón de la montaña.

Sifu empezó su viaje siguiendo la música de una quena que lo llamaba al Perú, pero la estrella marcó otro rumbo, lo contactó con el Chi Kung. La estrella brillaba con el Ser de Rama, quien la seguía, hasta que se detuvo en Costa Rica, en un santuario ecológico. Para llegar a la Montaña Azul, el camino es largo en el tiempo y corto en el corazón. En San José, se toma un bus que recorre una carretera en medio de platanales y árboles frondosos, alumbrados por el toque colorido de orquídeas multicolores. 

Cinco horas después, divisamos altos techos de paja y apareció lo inimaginable: La Montaña Azul, con su música de miles de pájaros, la tierra generosa de donde brotan heliconias, orquídeas, hortensias y enredaderas, bambús. Abajo está la Maloca, el sitio de reunión, y siguiendo los caminos de piedra, los grupos de casas y cabañas que hospedan a los visitantes. Arriba, el templo, amplio, de piso de madera, donde se hacen las prácticas. 

En la mirada, La Montaña Azul, testigo del recogimiento, de la transformación. La naturaleza entra en las habitaciones, se convierte en flores y frutos, mientras mariposas multicolores danzan al son de cantos de pájaros. La comida en su delicia, tiene tantos colores como el mar. Los nombres poéticos de los menús como “sabores del horizonte”, son inspiradores. Inolvidables resultan la torta de quínoa, los abracitos de fríjoles, donde una masa delgada envuelve los granos pequeños, de exquisito sabor, y los postres, prueba fehaciente de que el amor y el dulce van juntos. 

Degustamos dos corazones de galleta, rellenos de helado con salsa de chocolate caliente, una fiesta para los ojos y el paladar. Las tortas: de mora, mango, remolacha o mazorca tienen un sabor sin igual. “La cocina feliz” la llama Adelaida, su creadora. Sí, lo es, y –como todo en La Montaña Azul– está preparada con amor. También es una reminiscencia de la cocina costarricense, donde abundan el maíz, el queso, los fríjoles, el arroz y el palmito.

Chi Kung, un viaje al interior
Los suaves movimientos del Chi Kung ponen en movimiento el Chi, centro de energía, y nos contactan con nuestro corazón, con el silencio de nuestra verdadera esencia. Son bálsamos para el cuerpo, las emociones y el espíritu. Ser, sentir y sonreír, son sus tres eses, los pilares en los que se sostiene. Practicar con constancia su filosofía y movimientos trae la paz, y nos abre el corazón al amor y la felicidad.