Entre fados, arroces y bacalao

Una nostálgica mirada a Portugal, la verdadera puerta de Europa que algunos pasan por alto, sin saber de las delicias que se pierden.

Texto: Dionisio Pimiento / @dpimiento

Una vez al mes necesito entrar en estado nostálgico. Es un acto que induzco por considerarlo casi medicinal. De hecho me lo reservo incluso en la agenda: al final de una tarde gris en la que debo estar solo en casa y de fondo suenan usualmente fados. Hoy, por ejemplo, me acompaña Amália Rodrigues con sus clásicos. Acaba de comenzar Ai Mouraria, mientras yo descorcho mi vino de la noche y destapo una brandada que traje de mi último viaje a Portugal. Este platillo con bacalao emulsionado no hace más que despertar recuerdos de una ciudad, Lisboa, a la que he ido un par de veces y que siempre evoco en mis citas mensuales con la nostalgia.
Más allá de los lugares comunes o de evocar a Pessoa, Lisboa es su luz atlántica, los azulejos, sus siete colinas, sus tranvías maltrechos, sus fados, su evocadora comida, la calidez única en Europa de sus gentes que cohabitan con esa saudade, con esa melancolía tan genuina y primaria. Es también ahora el país del rescate económico, mientras intentan gritar que existen y que es allí donde empieza Europa, aunque en el mapa mental de muchos los hayan borrado y sea España la aparente “puerta de entrada”.
Lisboa es el bica, ese café corto y concentradísimo con el que se comienza la mañana, así como las cervezas Sagres o Super Bock, con las que se pasa la jornada en Food and Flowers, un espacio de música genial; o en 1300 Taberna, una exaltación visual en su montaje.
Esta ciudad es sardinas asadas a la parrilla con un buen vino del Alentejo o del Douro; y es, por supuesto, una copita de vino de Oporto, junto a un generoso arroz cação com gambas o uno de pato, servidos en una casera olla metálica en mi restaurante favorito en esta ciudad: Príncipe do Calhariz. Llegará aún hirviendo a tu mesa gracias a las manos del cálido mesero César, y podrás mimarte con cada cucharadazo que pongas en tu plato. También podrá colarse en tu mesa un Marquês de Borba, un queso fresco, pan con paté de sardinas y unas aceitunas pequeñísimas tipo arbequina. No puedes irte del Príncipe do Calhariz sin probar su cerdo asado, el pulpo a la brasa, la brocheta de langostinos, y sobre todo su bacalao al horno, con algunos trozos sutilmente quemados y con papas literalmente “estripadas”, maravillosas. Este restaurante es de cocina portuguesa tradicional hecha para locales y no para turistas, por eso lo amo.
Quizás, si tienes suerte, Lisboa también te sabrá a una impresionante sapateira recheada, un cangrejo relleno que jamás podrás olvidar por su sabor, por su presentación y por su tamaño. Hay que acompañarlo con un vinho verde, un poco ácido, joven y elaborado por pequeños productores.
Suena curiosamente de fondo Lisboa Antigua de Amália Rodrigues y yo sigo en este estado de “nostalgia mensual”, que de hecho tanto me gusta. Con estos acordes Lisboa me sabe a ginjinha, una bebida popular a base de cerezas y aguardiente; sobre todo a la que sirven en Ginjinha do Rossio en la Praça de São Domingos.
La saudade en mi caso se lleva bien con el mundo dulce. Es usualmente el camino hacia una cierta “resurrección”. En Lisboa esta ruta pasa por el bolo de bolacha, una tarta de galletas María y café recién hecho, pero sobre todo por los pasteis de nata que se toman en la sala de azulejos de la Antiga Confeitaria de Belém.
Barco Negro es el último fado de mi noche periódica sumergido a fondo en mis nostalgias. En un mes de nuevo me reencontraré con Lisboa, quizás sea solo desde el recuerdo y la añoranza, o quizás sea desde el aroma de sus calles y la mirada de sus gentes. Al día siguiente, sin duda, observaré con confianza e ilusión la vida a pesar de sus pesares.