Tastevin: Tan antiguos como las propias cepas

Antes de las copas de degustación fue el tastevin, un recipiente o “taza de degustación” del tamaño de una nuez que utilizaron los sommelier y comerciantes de vino desde aproximadamente 1611 para, como su nombre lo indica, degustar o catar los vinos en los cultivos que iban recorriendo. Unas gotas directamente de la barrica en este pequeño adminículo podían decidir la suerte de un viñedo o de una añada, llevándola a la gloria o dejándola en el olvido.

 Imagenes de Shuterstock

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Se dice que son originarios de Borgoña, aunque se han encontrado algunos mucho más antiguos de épocas fenicias y romanas. Sin embargo fue en esta tierra donde se les dio “entidad” y carácter “profesional”. Los tâte-vin borgoñeses se caracterizan por tener relieve en el fondo (estrías para catar los vinos blancos y esferas para los tintos), de forma que los reflejos de la luz revelen las características del líquido, y en su costado presentan un anillo para introducir el dedo índice y un soporte para el dedo pulgar. Este anillo muchas veces tenía la forma de serpiente, señalando esa tentación deliciosa a la que cuesta tanto resistirse.

Los tastevin de Burdeos se caracterizan por no poseer relieve, asas ni anillos y se asemejan más a un platillo pequeño, profundo y un poco más amplio. Muchas cofradías, como Les Compagnons du Loupiac, lo tienen como símbolo de pertenencia.

Los catavinos eran emblema de quienes se dedicaban al vino y siendo un oficio que se heredaba, por ejemplo en Borgoña, se le regalaba al niño recién nacido uno con su nombre, apellido y fecha de nacimiento grabados en sus bordes. Este sería su acompañante para toda la vida. Era, además, una posesión personal e intransferible que hacía parte del sommelier o el comerciante de una forma tan determinante como su propia nariz.

La plata fue el material por excelencia ya que reflejaba mejor la luz y permitía ver tanto el color como la limpidez del líquido, pero dependiendo de la bolsa o el estatus del comerciante o catador se utilizaban otros materiales que no alteraran el sabor, olor o color del caldo, fueran oro, estaño, alpaca (plata alemana), peltre, cristal, a veces madera y otras cerámica. También podía ser liso o incluir incrustaciones de joyas semipreciosas o inscripciones que hablaran de la honradez y virtud del profesional en cuestión. Dadas las características del trabajo y muchas veces la situación de los cultivos, el tâte-vin rara vez se lavaba, pero como debía mantenerse impecable y sin mácula, usualmente se envolvía en una gamuza con la que se limpiaba antes y después de su uso y con la que se mantenía siempre brillante.

Hoy en día los tastevin ya no se utilizan para su función original (en el siglo XX fueron reemplazados por las copas de cata que permiten percibir mejor los aromas del vino) sino para reconocerse como sommelier profesional o como emblema de alguna cofradía báquica. Sin embargo son herederos de una de las historias más antiguas del hombre y como tal perdurarán en el tiempo.