Una amarguita “sin alcohol”

Para algunos la magia de la cerveza, y de cualquier bebida alcohólica, está, precisamente, en su contenido etílico, pero para otros la existencia de cervezas “sin alcohol” y “0.0” resulta la posibilidad de consumir una bebida que les puede estar prohibida temporal o definitivamente. Una mirada al tema en el día internacional de la cerveza.

Las hay sin nada de alcohol, o con un contenido mínimo del mismo.

Salir de tapas sin tomarse siquiera una copa de vino o una cerveza resulta extraño en España, donde esta cultura de ir de bares probando sus bocados y pasando con una de estas bebidas es un asunto cotidiano. Tal vez sea precisamente por eso, que el mercado de las bebidas sin alcohol –vino y cerveza– ha ganado tanto terreno en este país en los últimos años.

El asunto de no ingerir alcohol obedece a razones diversas, momentáneas o definitivas; así, hay quienes no beben un día por ser el conductor elegido o por estar ingiriendo algún medicamento, y quienes no lo hacen como opción de vida; pero a unos y otros puede llegar a provocarles un par de copas, sin alcohol, claro está. En el caso específico de la cerveza lo primero que hay que decir es que todas tienen un porcentaje mínimo de este componente, pero mientras una cerveza tradicional tiene entre 4 y 5 grados de alcohol –y con el creciente mercado hay algunas con porcentajes superiores–, las cervezas “sin alcohol” y las “0.0” tienen menos de 1 %.

Consumer Eroski, reconocida publicación española, llevó al laboratorio y sometió a cata siete muestras de cerveza del mercado ibérico (nacionales e importadas), cuatro “sin alcohol” (Buckler, Laiker, Kaliber y Cruzcampo) y tres “0.0” (Free-Dam, Buckler y San Miguel), las cuales se comercializan en six packs con botellas de 0,25 litros. Una de las conclusiones de su estudio es que las siete cervezas aportan hasta dos veces menos calorías que una gaseosa regular –entre 12 y 30 calorías cada 100 mililitros, mientras que las gaseosas pueden llegar a 100 calorías–, siendo las menos energéticas las “0.0” (entre 12 y 23 calorías cada 100 mililitros), seguidas de las “sin alcohol” (entre 21 y 24 calorías cada 100 mililitros), en ambas incluso menos calorías que las cervezas light (que llegan hasta las 30 calorías por 100 mililitros).

Ya en el caso específico del contenido alcohólico, son las “0.0” las que más claramente cumplen su promesa, pues algunas de ellas tienen 0,01 % en volumen (vol.) y otras 0,07 %, aunque la diferencia con las “sin alcohol” no es tan alta, pues como la normativa indica que no deben superar 1 % de contenido etílico, normalmente se mueven entre 0,6% y 0,9 % volumen alcohólico. Para completar los asuntos “técnicos” de la bebida habría que decir que, aunque los métodos pueden variar, normalmente la eliminación del alcohol se hace al final de la cadena de producción, mediante procesos de destilación y ultrafiltración, o de mecanismos que reducen la formación de alcohol en la fermentación gracias al uso de levaduras y otros productos.

Lo que se sigue es el tema del sabor y de cómo algunos consideran tonto esto de tomar un producto “alcohólico sin alcohol”, pero eso ya se considera un asunto de cada cual. Con respecto al sabor, resulta obvio que cambia, razón por la cual los productores siguen mejorando sus métodos para lograr uno cada vez más cercano al de la cerveza tradicional, pero en suma hay que decir que no hay duda de que se trata de una cerveza: su sabor, su color y su aroma así lo confirman.

En Colombia el mercado aún es incipiente, aunque la alemana Buck’s y la Buckler –de la holandesa Heineken– se encuentran en el comercio hace más de una década, pero muy seguramente los productores estarán ya trabajando en las versiones nacionales de las “sin alcohol”, un mercado creciente en el mundo y al que no resulta muy sensato dar la espalda, al menos no en términos comerciales.

Negocios temáticos de bebidas

De ir a una tienda, heladería, bar o café en algunos de los cuales se podía consumir desde un tinto hasta una cerveza, el mercado se convirtió en un negocio específico para cada tipo de bebida, donde lo sólido pasa a un segundo plano. Una mirada a algunos de estos lugares en Medellín.

Club de vinos Decanter. Por casi una década el club de la buena vida se ha dedicado a la promoción de la cultura del vino y la venta de etiquetas de gran calidad, con alternativas de suscripción muy atractivas para sus socios, información y eventos permanentes, labor que hoy se refuerza con una sede con show room y espacio para consumir los productos en el lugar. El vino sigue siendo el protagonista, pero como se hizo evidente en el catálogo de productos de fin de año, hoy la oferta resulta más completa.

Más de cien etiquetas de vinos provenientes de Chile, Argentina, Uruguay y España; tintos, blancos, rosé, espumantes y jereces de diversas cepas, estilos y complejidades, forman parte del completo portafolio del club, en un espacio que, además, albergará muchas de las charlas, catas y eventos que tendrá el club en adelante.

¿Dónde? Cra. 33 No. 5G-54 (Barrio Provenza)

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Café Pergamino. En Colombia un tinto puede comprarse en cualquier esquina, pero un buen café, a pesar de ser un país productor, escasea. Eso lo tienen claro los promotores de Café Pergamino, un negocio nacido en 2012 en la Vía Primavera de Medellín y una nueva apuesta de Café de Santa Bárbara, empresa familiar de gran trayectoria en la producción y exportación de café. Pedro Miguel Echavarría, uno de los responsables del área de exportaciones, anota que cuando empezaron a exportar se dieron cuenta de que había un mundo por explorar en su producto y a preocuparse por asuntos como cafés de calidad, orígenes, procesos… y, por el mismo camino, tomaron la decisión de abrir su propia tienda, donde no venden solo sus cafés y que en menos de un año ya fue reconocida por los Sprudgie Awards como la mejor tienda de café nueva del mundo en 2012.

Así, Café Pergamino es un lugar muy agradable, con buena música y WiFi, donde los clientes cuentan con cuatro orígenes –Loma Verde y Santa Bárbara (los propios), uno del municipio de Inzá, Cauca, y el yigarcheffe de Etiopía–, que preparan tipo espresso (aquí se cuentan todas las preparaciones con infusión a alta presión) o filtrado (como el tinto). La regla de oro es que todos los cafés se preparan al instante y, dependiendo del interés del cliente, se le explica su origen, el proceso, etcétera, “si hay interés, porque no queremos ser pesados”, anota Pedro.

Hay para escoger ocho preparaciones a base de espresso, que incluyen el cappuccino, el latte y el chaqueta –espresso con panela rallada–, tres filtrados que hacen en prensa francesa o Chemex y cuatro fríos, todos preparados por personal capacitado en barismo y asuntos generales de la bebida. Si queda antojado le venden para llevar a casa bolsas de 100 o 360 gramos y si se enamora del lugar, como pasa, pero no es muy cafetero, primero pruebe, porque este es el sitio para hacerlo; ya si no lo logra, tranquilo, el té y el chocolate no están ausentes de la carta e incluso podrá toparse con alguna cerveza o gaseosa, además su repostería y comidas livianas bien valen la pena.

¿Dónde? Cra. 37 No. 8A-37 (Vía Primavera) 

Pergamino ofrece buen café y  snacks  para acompañarlo, música que permite conversar y un ambiente inmejorable.

Pergamino ofrece buen café y snacks para acompañarlo, música que permite conversar y un ambiente inmejorable.

Namasté. Cinco experiencias de vida diferentes, pero que en algún punto tocaban con el té, hicieron que cinco socios se le midieran a abrir un mercado de té en Medellín. Se trata de Namasté, un pequeño y encantador local del barrio Provenza en el que se ofrecen 20 mezclas distintas de la bebida, que se venden preparadas en agua, latte o frías y que también están disponibles para llevar a casa y prepararlas allá.

Catalina Vásquez, una de las socias, anota que esas 20 mezclas están divididas en cuatro bloques. Los primeros son los tés de origen (puros: negro, blanco verde, azul y rojo), tropical (los mismos con mezclas de frutas deshidratadas, frutos secos…), latte (los recomendados para preparar en leche, que son a base de té negro, pero especiados), y sensación (mezclas más atrevidas con toques cítricos y mentolados). Este es el stock inicial, pues su norte consiste en ofrecer más alternativas, ahora mismo están pensando en hacer smoothies, también con el té como base.

En Namasté predomina el blanco, con acentos de colores fuertes como el verde, azul, naranja y rojo, que al mismo tiempo definen los distintos estilos de té y, además de sus ricas bebidas, cuentan con productos de panadería y repostería. Como buen mercado, se puede ir a comprar té para llevar a casa, al igual que utensilios para su preparación y almacenamiento como infusores y endulzantes.

¿Dónde? Cra. 35 No. 8A-59

Namasté es un lugar colorido y fresco con tés para todos los gustos.

Namasté es un lugar colorido y fresco con tés para todos los gustos.

Tapioca Shakes. Otro lugar especializado en té, pero algo diferente a Namasté, pues allí se prepara el bubble tea, bebida a base de té en polvo (deshidratado), fría tipo smoothie y con bolitas de mandioca en su interior. Se trata de la iniciativa de Camilo Ramírez y Juan Pablo Ramos, arquitectos y amigos, que se asociaron para poner el negocio de esta bebida que nació en Taiwán, donde se popularizó en la década de 1980 para esparcirse después por todo el sudeste asiático, América del Norte, Australia y Europa. En Colombia todavía no se conoce mucho, pero en otros países de América Latina como México y Perú es muy popular.

Si bien existen variaciones, la mayoría de los bubble tea contienen té solo o mezclado con frutas, leche, hielo y el ingrediente más diferenciador: bolitas de tapioca (o mandioca, almidón extraído de la yuca) que, tras un proceso de hidratación, toman la consistencia de gomitas. La versión de Tapioca Shakes, algo más espesa de la que conocían sus creadores, es preparada en licuadoras profesionales que dan esa textura cremosa que buscaban (normalmente se bate a mano). Ofrecen 32 sabores deshidratados con componentes naturales –que se pueden combinar, lo cual acrecienta el número de opciones–, con clásicos como té verde y negro, y otros como sandía, coco y chocolate, todos importados y que pueden acompañarse con los clásicos macarons franceses.

Su recomendación es consumir la bebida en leche –entera, deslactosada o descremada– y experimentar las distintas alternativas, algunas más exóticas como el taro, almidón dulce de Filipinas con un sabor bien particular, y otras tan clásicas como piña o maracuyá. Puede ser endulzado con azúcar o endulzante dietético y se “corona” con crema chantillí; para quienes la prefieran en agua, los sabores que más se acomodan son el té verde y negro. “Refrescante, fría, pero no helada”, así describen el bubble tea Camilo y Juan Pablo, que además sacaron lo mejor de su profesión para adecuar su local, con apoyo del diseñador gráfico José Luis Ortiz.

¿Dónde? Centro comercial Santafé Medellín.

En Tapioca Shakes hay dos tamaños y más de 30 sabores para elegir.

En Tapioca Shakes hay dos tamaños y más de 30 sabores para elegir.

Apóstol y 3 Cordilleras. Las cervecerías artesanales o microcervecerías se han ganado un merecido espacio en el mercadlo local y nacional de las bebidas, y en Medellín brillan desde hace unos años Apóstol y 3 Cordilleras. Ubicada en el municipio de Sabaneta, la primera sigue la línea alemana y belga, con cervezas ale y lager tipo Weizen, Helles, Marzen y Bock (del primer país), y Dubbel, del segundo; y la segunda, cuya sede se encuentra en el barrio Colombia, se enfoca en el estilo ale.

Estrictamente hablando, las microcervecerías de Medellín no podrían clasificarse como “tiendas de bebidas”, pues son bastante más grandes y sus productos se venden en diferentes lugares, pero lo cierto es que ambas ofrecen su tour cervecero, que durante una noche a la semana las convierte en un espacio abierto al público en el que la reina es justamente la cerveza. Se trata de una oportunidad para dar a conocer sus instalaciones, concepto de negocio y productos, que ha sido muy bien recibida por los amantes de la bebida.

En Apóstol el tour cervecero se lleva a cabo los jueves de 6.30 a 9.30 p. m. y tiene un valor de $25.000; incluye recorrido por la planta, degustación de siete tipos de cerveza con su respectivo maridaje y una copa cervecera marcada. 3 Cordilleras también invita los jueves, pero entre 5.30 y 10.00 p. m. a aprender sobre el proceso de elaboración de sus cervezas y probar cinco de las mismas, resolviendo inquietudes acerca de ellas en la sala de cata; su costo es de $18.000 por persona.

¿Dónde?
Apóstol: Cra. 49 No. 60 Sur-110, Sabaneta
3 Cordilleras: Calle 30 No. 44-176

El plan de tour cervecero permite disfrutar de los distintos sabores y, al mismo tiempo, conocer sobre el proceso de elaboración de la bebida.

El plan de tour cervecero permite disfrutar de los distintos sabores y, al mismo tiempo, conocer sobre el proceso de elaboración de la bebida.

Religión y cocina: Noche de chicha y cerveza

“Con el maíz hacían la chicha mezclando los ingredientes de manera de mazamorra, luego la echaban en unas tinajas grandes donde los dejaban un tiempo para que se fermentaran. De allí la pasaban a otras vasijas y la bebían añadiéndole agua, porque su fortaleza era tanta que bebiéndola sola embriagaba más que si fuera vino de uvas. Hacían otras bebidas similares con frutas, granos y raíces”. Fray Pedro de Simón.

Texto: Dionisio Pimiento / @dpimiento

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“La puta, la gran puta, la grandísima puta, la santurrona, la simoníaca, la inquisidora, la torturadora, la falsificadora, la asesina, la fea, la loca, la mala […] tiene cuentas pendientes conmigo desde mi infancia y aquí se las voy a cobrar”. Un primer párrafo memorable del controversial libro La puta de Babilonia, de Fernando Vallejo, que acompaño con una cerveza bien fría. El último sorbo baja lento pero explosivo por mi garganta, mientras siento que estas líneas de Vallejo resultan ideales para reflexionar sobre cómo religión y comida llegaron a sangre a América, pues ambas estuvieron mano a mano en muchos casos. Procesos, alimentos, utensilios, creencias que llegaron, unas que se desterraron y otras que se compartieron y permanecieron como puente entre dos continentes.

El último sorbo de mi cerveza se dirige hacia mi estómago, al mismo tiempo que aquel estallido de sabor y frescor alienta todo mi cuerpo y estimula ideas. Volviendo al momento de encuentros y desencuentros de dos mundos, algunos historiadores hablan de cómo en los primeros años de la conquista los españoles empiezan a consumir productos nativos gracias a los cuales sobrevivieron.

A medida que el tiempo pasaba, se llegaba a un claro escenario de confrontación desigual a causa de las armas que los españoles dominaban. En dicha “economía de guerra”, cada parte agredía al enemigo, por un lado los españoles destruían las aldeas, y por otro los indígenas dejaban sus hogares, no sin antes quemar todo, incluso lo que pudiera servir de alimento. En contadas ocasiones llegaban los conquistadores a estos bohíos indígenas abandonados y aprovechaban para descansar, otras veces encontraban bollos de maíz, yucas, auyamas y hierbas, lo cual consumían allí mismo. Es así como la consecución del sustento diario se convirtió en una adaptación de los paladares de los conquistadores a la comida americana, y pronto la asimilaron como propia.

Por estas tierras, las más nuestras, comunidades indígenas como los muiscas habían conferido al maíz, como es sabido, un rol central en su alimentación, ritualidad y vida cotidiana; y dado que al parecer en su dieta preferían los líquidos a los sólidos, una de las bebidas más populares era la chicha fermentada de muchas frutas o de maíz, siendo este último el más utilizado, no solo por ese rol central, sino también por su corto período de cosecha.

Ese grano casi sagrado debía quebrarse y remojarse, para luego tomar una porción que era masticada por una mujer para inocularla con el fermento de la saliva, con ese líquido vital (el mismo que acompaña cada bocado, el mismo que tanto extrañamos en medio de una alocución estresante, el que también compartimos en el juego del amor con tanto deseo). Esa porción se ponía luego con el resto del maíz, para hervirlo 3 ó 4 horas, y al enfriarse se colaba y se dejaba reposar, usualmente en múcuras de barro.

Sin duda esta era una “bebida ceremonial” cuyo proceso sorprendió mucho a los españoles en un principio. Ya para el período de la colonización se inicia el arribo de colectivos religiosos con una misión clara: “cristianizar las tierras”. Además, empiezan a llegar productos europeos a las Américas. En el caso del Nuevo Reino de Granada, en la zona de la meseta cundiboyacense (la Santafé de la época, la Bogotá de hoy), las fuentes evidencian cómo “la base alimentaria de los ibéricos eran los cereales, las carnes vacuna, de cerdo y pollo, más granos como la lenteja y el garbanzo”.

Para esa época, los indígenas no solo habían sido vencidos y asesinados militarmente, sino que también ocupaban el último peldaño en la escala social, al punto de que por ejemplo los productos de bajo precio eran conocidos como “comida de indios” (la misma que salvó a los españoles a su llegada a estas tierras, y la misma que nos sigue alimentando quinientos años después).

Para entonces, igualmente los españoles que habían bebido la chicha, empiezan a rechazarla, bajo el especial liderazgo de los misioneros. Los representantes de la religión, que consideraban “limpio y puro al vino”, rechazaban la chicha. Los mismos que consideraban una bebida fermentada como la sangre de Cristo con un rol central en la eucaristía, censuraron la chicha y dictaron como castigo la “excomunión mayor para que no se fabricase, vendiese o comprase”. La misma Iglesia que durante buena parte del Medioevo monopolizó el cultivo de vides y el proceso de vinificación a través de las abadías o conventos, prohibía en las Américas una bebida profundamente enraizada, porque a su juicio conducía a la “destrucción de sus almas”.

En 1765 el fiscal Peñalver consideraría las chicherías como “verdaderas zahúrdas de Plutón, cantinas de maldades donde se ejecutaban muchos adulterios, amancebamientos, juegos, blasfemias y borracheras nacidas de la ociosidad”, mientras la importación de vino hacia tierras americanas continuaba. A pesar de tales opiniones, y de las prohibiciones por vías civiles y eclesiásticas, de las multas, las amenazas, las acusaciones de traer enfermedades, o de gravarse con altos impuestos, las chicherías continuaban funcionando a escondidas.

Ante tales prohibiciones, en 1793 Andrés de Cortázar, vecino de Santafé, defendió su consumo: “Por ser sustento natural de todos los de este reino y experiencia muy antigua el que siendo sin otro mixto que el de miel en proporción, no causa embriaguez”. Para los indígenas la chicha era el último rezago de su identidad; una bebida con una clarísima función social que atemorizaba a los invasores, pues alrededor de esta se daba el encuentro, y se gestaban conexiones económicas y políticas que podían poner en riesgo a la Corona y el orden cívico-religioso que buscaba imponerse.

Ante la agudización de las prohibiciones se empezó incluso a preparar en cada casa, gracias a la simpleza de los utensilios requeridos y a que todos conocían el proceso tradicional, en especial las mujeres, las transmisoras del conocimiento y del líquido vital. Los años pasaron y ya en la época de la República la chicha continuó fabricándose, pero de forma rudimentaria y artesanal, siendo solo a principios del siglo XX que se comienza a producir de forma semiindustrial. “En el año de 1948 la producción de chicha se convierte en una importante industria y es cuando el gobierno inicia una guerra frontal contra ella con la ayuda de la industria cervecera, guerra que se comenzó a dar desde el principio del siglo pasado por la falta de higiene y evasión de impuestos, entre otros, llevando a las miles de fábricas que elaboraban más de doscientos millones de litros anuales de chicha en todo el país, al cierre o a la fabricación clandestina”, anota Ricardo Plano Danais en su Historia de la cerveza en Colombia. El rol antaño de la religión, los misioneros y los españoles, lo ocupaban ahora las cerveceras y los gobiernos locales en cabeza de auténticos criollos.

A finales del siglo XIX la chicha, fabricada especialmente del maíz, y el guarapo, proveniente del jugo o cáscara de la piña o de la caña de azúcar, eran muy populares entre la clase obrera y campesina, por la facilidad y bajo costo de producción, además de su contenido alcohólico. A mediados del siglo XX la guerra contra la chicha llega al terreno de la publicidad, y los gobiernos empiezan a publicitar la cerveza anunciando que “la chicha embrutece” y que no debían tomarse bebidas fermentadas. Un inocente burro era la imagen de tan vergonzosa estrategia.

“Las cerveceras estaban muy interesadas en conquistar su mercado –el de esa clase obrera– y el gobierno de la nación en acabarlas –las chicherías clandestinas– por la imposibilidad de poder cobrar los impuestos en forma adecuada”, continúa Plano Danais. Retomando el lenguaje de los misioneros españoles, el gobierno afirma que su consumo generaba enfermedades y podía producir trastornos físicos y mentales. “Se calcula que para más o menos 1910 existían solo en Bogotá unas 45 chicherías que podrían producir más de un millón de litros mensuales de chicha, mientras las cervecerías de Germania y Bavaria solo producían 180.000 litros mensuales de cerveza”.

Bavaria lanzó un nuevo producto con el explícito nombre de “No más chicha”: una cerveza más económica que las demás, para capturar a esas clases obreras que ahora tenían muchas presiones para abandonar el consumo de la ancestral bebida. El consumo de chicha prácticamente desaparecería. Entre los misioneros españoles, los gobiernos y las cervecerías lo lograron. Religión y alimentación vestidas con el mismo guante, el de la sangre y el de la imposición.

En la actualidad resurge en algunos escenarios la pregunta por la chicha como alimento y símbolo asociado a lo sagrado, al encuentro y a la fiesta colectiva: “Cuando los muiscas colocaban los granos del maíz al aire libre de los días claros, antes de comenzar el proceso de preparación de la chicha, estaban incorporando al dios Xué a la bebida. Luego, cuando la consumían se producía la comunión entre los súbditos del Zipa y el Zaque, y el dios Fú, espíritu del juego y la fiesta. La chicha era maíz líquido, fuerza de la tierra que fluía para alimentar a sus hijos”, se lee en La chicha: un gran alimento, de Jairo Chaparro Valderrama. 

Tanta lectura ha despertado una insaciable sed. Aunque tengo algunas latas frías frente a mí, es claro que esta vez mi estómago, y sobre todo mi cerebro y mi corazón reclaman un sabor que lamentablemente no conozco: el de un sorbo de chicha. Salgo a buscarlo, como busco tantos otros sabores de esa “comida y bebida de indios” que desde lo más profundo de mí ser, sé que necesito.

Cerveza rosé, ¿qué es esa vaina?

Su etiqueta es color rosa, ¿y su contenido? Se trata de la primera cerveza rosé colombiana, una propuesta de 3 Cordilleras que busca ampliar la cultura cervecera, trayendo nuevas tendencias al país.

Texto: Paula González / Fotos: Cortesía 3 Cordilleras

No es producto de una casualidad. Es el resultado de una investigación profunda y de un largo trabajo. Cuando Juanchi Vélez, el “abad cervecero” y cofundador, y Fabián Álvarez, maestro cervecero de 3 Cordilleras, fueron invitados a conocer más de 15 microcervecerías artesanales en Europa, principalmente en Holanda, Bélgica y Alemania, se sorprendieron de la gran aceptación que estaban teniendo las cervezas frutales, ricas en aromas, sabores y colores, en los bares y restaurantes de ese continente. 

Presenciar esto y seguir la tendencia mundial de producir y consumir productos más saludables, más naturales, más suaves, más frescos, los animó a “colombianizar” esas recetas y desarrollar la primera cerveza rosé en Colombia. Se trata de una exquisita mezcla de frutas de acá y de allá: fresas, frambuesas, moras y cerezas. Tiene malta, trigo, lúpulo y levadura. Con apariencia turbia y sedimento. Con menos grados de alcohol (3.83 grados), un sabor dulce y refrescante.

Todas estas cualidades llevan a pensar que es hecha especialmente para mujeres, pero no. Es posible que muchas de ellas hagan parte de los nuevos paladares por ser una cerveza más suave y menos amarga, pero también buscan conquistar otros consumidores a quienes les guste explorar nuevos sabores.

“Me pareció como un sabor diferente y suave… es dulce pero no hostigante, y no me sabe a la cerveza de siempre”, así lo describió una consumidora que antes no tomaba cerveza, y la rosé le resultó ideal para su gusto. 

“Con sus diferentes tipos de cervezas, Blanca, Mestiza, Mulata, Negra, 6.47, y ahora la Rosé, 3 Cordilleras busca que la gente vaya creando sus gustos cerveceros. Todas tienen las propiedades que caracterizan a nuestras cervezas: diferente sabor, diferente aroma, diferente color. Nos gusta explorar lo que hacen otras microcervecerías en el mundo, interpretarlo y adaptarlo. Nuestro mayor interés es crear cultura cervecera”, afirma Juanchi Vélez, el abad cervecero.

Según Juanchi, en lo único que se parece al vino rosé es que ambos resultan ideales para disfrutarse en momentos similares: tardes soleadas con amigos, momentos refrescantes de piscina o playa, un aperitivo tempranero. Un pescado suave, un ceviche, una ensalada con queso azul y frutos rojos, pueden ser opciones deliciosas para acompañarla.