Una amarguita “sin alcohol”

Para algunos la magia de la cerveza, y de cualquier bebida alcohólica, está, precisamente, en su contenido etílico, pero para otros la existencia de cervezas “sin alcohol” y “0.0” resulta la posibilidad de consumir una bebida que les puede estar prohibida temporal o definitivamente. Una mirada al tema en el día internacional de la cerveza.

Las hay sin nada de alcohol, o con un contenido mínimo del mismo.

Salir de tapas sin tomarse siquiera una copa de vino o una cerveza resulta extraño en España, donde esta cultura de ir de bares probando sus bocados y pasando con una de estas bebidas es un asunto cotidiano. Tal vez sea precisamente por eso, que el mercado de las bebidas sin alcohol –vino y cerveza– ha ganado tanto terreno en este país en los últimos años.

El asunto de no ingerir alcohol obedece a razones diversas, momentáneas o definitivas; así, hay quienes no beben un día por ser el conductor elegido o por estar ingiriendo algún medicamento, y quienes no lo hacen como opción de vida; pero a unos y otros puede llegar a provocarles un par de copas, sin alcohol, claro está. En el caso específico de la cerveza lo primero que hay que decir es que todas tienen un porcentaje mínimo de este componente, pero mientras una cerveza tradicional tiene entre 4 y 5 grados de alcohol –y con el creciente mercado hay algunas con porcentajes superiores–, las cervezas “sin alcohol” y las “0.0” tienen menos de 1 %.

Consumer Eroski, reconocida publicación española, llevó al laboratorio y sometió a cata siete muestras de cerveza del mercado ibérico (nacionales e importadas), cuatro “sin alcohol” (Buckler, Laiker, Kaliber y Cruzcampo) y tres “0.0” (Free-Dam, Buckler y San Miguel), las cuales se comercializan en six packs con botellas de 0,25 litros. Una de las conclusiones de su estudio es que las siete cervezas aportan hasta dos veces menos calorías que una gaseosa regular –entre 12 y 30 calorías cada 100 mililitros, mientras que las gaseosas pueden llegar a 100 calorías–, siendo las menos energéticas las “0.0” (entre 12 y 23 calorías cada 100 mililitros), seguidas de las “sin alcohol” (entre 21 y 24 calorías cada 100 mililitros), en ambas incluso menos calorías que las cervezas light (que llegan hasta las 30 calorías por 100 mililitros).

Ya en el caso específico del contenido alcohólico, son las “0.0” las que más claramente cumplen su promesa, pues algunas de ellas tienen 0,01 % en volumen (vol.) y otras 0,07 %, aunque la diferencia con las “sin alcohol” no es tan alta, pues como la normativa indica que no deben superar 1 % de contenido etílico, normalmente se mueven entre 0,6% y 0,9 % volumen alcohólico. Para completar los asuntos “técnicos” de la bebida habría que decir que, aunque los métodos pueden variar, normalmente la eliminación del alcohol se hace al final de la cadena de producción, mediante procesos de destilación y ultrafiltración, o de mecanismos que reducen la formación de alcohol en la fermentación gracias al uso de levaduras y otros productos.

Lo que se sigue es el tema del sabor y de cómo algunos consideran tonto esto de tomar un producto “alcohólico sin alcohol”, pero eso ya se considera un asunto de cada cual. Con respecto al sabor, resulta obvio que cambia, razón por la cual los productores siguen mejorando sus métodos para lograr uno cada vez más cercano al de la cerveza tradicional, pero en suma hay que decir que no hay duda de que se trata de una cerveza: su sabor, su color y su aroma así lo confirman.

En Colombia el mercado aún es incipiente, aunque la alemana Buck’s y la Buckler –de la holandesa Heineken– se encuentran en el comercio hace más de una década, pero muy seguramente los productores estarán ya trabajando en las versiones nacionales de las “sin alcohol”, un mercado creciente en el mundo y al que no resulta muy sensato dar la espalda, al menos no en términos comerciales.