El imperio del pisco

Un grupo de socios del Club de vinos Decanter estuvo profundizando sus conocimientos de la bebida, en una singular cata que contó con la presencia de una experta peruana.

Texto: Catalina Rugeles, sommelier

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De un tiempo para acá me ha quedado más claro que nunca que el imperio existió y podría decirse que, de una manera elegante e impetuosa, el imperio contraataca, y si bien no me ocupa referirme a La guerra de las galaxias, sí lo haré sobre una especie de estrellato. Me refiero al esplendor que ha posicionado a la gastronomía peruana como una de las mejores del mundo y hace de este pueblo un nuevo y amable colonizador con sus restaurantes diseminados por diversos países. 

El sostenimiento de tradiciones que legaran los incas, junto con las influencias colonizadoras, más un impulso vanguardista, han generado una serie de delicias que les permite mostrarse y ufanarse (para bien) de lo propio dentro y fuera de sus fronteras. Un estrellato que les posibilita batirse mejor que el resto de la región, no solo con su comida, sino con propuestas más elaboradas en sus cartas de vinos y licores, haciendo que merezca la pena, una vez más, compartir una experiencia peruana.

Y vaya experiencia, el broche de oro lo constituye ese sofisticado y enamorador elíxir llamado pisco, un tesoro que refuerza el contraataque. Fue Lucero Villagarcía, especialista y catadora de pisco, quien nos llevara de la mano a recorrer ese mágico mundo del que se siente tan patriotamente orgullosa, una bebida que la enamora y la hace irradiar alegría y pasión cuando está frente a un auditorio para hablar de la misma. Fue ella la que aprovisionó su maleta con algunas botellas para venir a Colombia y compartirlas con nosotros, los miembros del Club de vinos Decanter.

Nos reunimos en el restaurante Karal, peruvian cuisine, donde catamos cuatro piscos, en tragos puros, solos, entendiéndolos uno a uno. Tuvimos un puro de uva quebranta de la bodega Campo de Encanto; un acholado de la bodega Tántalo; un mosto verde de uva moscatel, marca 4 Gallos, de la bodega Don Luis; y un mosto verde de uva Italia, producido por Viñas de Oro. El primero se mostró como un pisco con carácter; el segundo, elaborado con uvas quebranta, torontel y moscatel, se trata de un pisco complejo; el tercero podría definirse como elegante, con toques a rosas, vainilla y melocotón; y para el último, su mejor calificativo es el de seductor.

Nos abstrajimos por un momento para cenar un saltado de mariscos que acompañamos con un elegante chardonnay de la bodega Echeverría, un vino suntuoso y complejo, propio de haber tenido parte de su fermentación, así como de cuatro a seis meses de añejamiento, en barricas de roble. Con él, de alguna manera compensamos esa vieja rencilla entre chilenos y peruanos por el reconocimiento del pisco, aquellos porque lo consideran un licor genérico, que al ser destilado de mosto de uva bien puede ser producido con otra nacionalidad, es decir, atiende a la materia prima y al proceso, más que a la procedencia; y los peruanos, por el contrario, promulgan el origen histórico, radicado en la ciudad de Pisco, capital de Ica.

Los colombianos, que frente a esta bebida no tenemos que abanderar ninguna causa, nos dedicamos a disfrutar y así hicimos al cerrar la noche con los mismos piscos catados, pero esta vez armonizándolos con tres distintos postres, un pie de limón, perfecto con el mosto verde de uva Italia; una cake de coco, ideal con el mosto verde de moscatel y el suspiro limeño, al que le iba muy bien el quebranta. Fue una noche cargada de la magia del pisco y la de Lucero.