Tres catas excepcionales, parte 3

Con esta entrega cerramos la historia de las tres catas históricas, incluida en el artículo publicado originalmente en nuestra revista Placeres.

Texto: Víctor Orozco, sommelier

 

La cata del Club 41 de Miami Beach
Esta cata me hizo dudar de que el vino fuera una bebida producida por mortales

Las dos primeras catas han sido publicitadas extensamente, forman parte de la historia de finales del siglo pasado y aparecen en libros y revistas alrededor del mundo. Esta cata en particular, se trataba de un evento privado, con un número limitado de invitados y vinos que no hubieran permitido un número más grande de comensales (eran solo 12), o alguien que no estuviera altamente calificado para participar y apreciar los vinos que en esta ocasión se aprestaban a degustar.

La diversidad de los vinos que se abrieron en esta cena privada realizada en 1979 en el Club 41 de Miami Beach, fue también asombrosa, allí el dinero no constituyó impedimento y los invitados no eran corrientes. Leonard Borger, el anfitrión, era un americano importador de vinos finos, coleccionista de botellas de todo el mundo; Jean Michel-Cazes, dueño de Château Lynch Bages en Burdeos, Francia, y presidente de la Commanderie de Burdeos, era otro de los invitados especiales. Los demás asistentes pertenecían a grandes distribuidores de vino en la Florida y expertos de medios de comunicación. Yo estaría a cargo del servicio, incluso de probarlos. 

La cena dio comienzo con una botella de champaña de 1921 de 9 litros, una  cosecha extraordinaria de principios del siglo XX. Con los dos primeros platos, un salmón ahumado y una ensalada, se sirvió un Château Lafite Blanc de 1934 (Lafite solo es conocido por sus rojos), Leonard Borger me explicó que de este vino solo se producían dos cajas al año, 24 botellas, repartidas entre los mejores amigos o los clientes más allegados al château. Este vino ni siquiera se podía comprar. 

Con el plato principal se sirvieron simultáneamente dos cosechas del Château Lynch Bages, de Pauillac, un 1928 y un 1929. Eran dos cosechas extraordinarias, siendo el 1929 una de las mejores del siglo. Con el último curso, tres cortes de quesos semi-maduros exquisitos traídos directamente de Francia, se sirvió un Château Lafite Rothschild 1870. Esta cosecha, la última antes de la destrucción sufrida en Francia con la plaga de la filoxera, es considerada la mejor producida en toda la historia vinícola de Francia (este vino solo llegó a su plena madurez cincuenta años después de embotellado) y para mí se presentaba tan fresco como un ’53, además es el vino más impresionante que haya probado desde que comencé mi carrera como sommelier. Los doce invitados se quedaron sin palabras. 

Como si lo anterior no hubiera sido suficiente, y para cerrar con broche de oro, el postre fue acompañado por un Château d’Yquem de Sauternes de 1967. Los dueños de este prestigioso château, el único de su género en el mundo, me habían dicho que esta cosecha era la mejor en lo corrido del siglo. Con sólo doce años de edad, este vino hacía justicia al apelativo el “néctar de los dioses” que lo ha hecho famoso.

Esta cata cambió mi perspectiva personal respecto del vino, al mismo tiempo que abrió la puerta más ancha hacia un mundo que todavía era nuevo para mí. No solo estaban reunidos doce expertos de distintas nacionalidades, sino que se estaba dando algo casi insólito: vinos de cosechas irrepetibles como la de 1921 para champaña y la de 1967 para los Sauternes. Algo difícil de repetir.

El evento parecía más “la última cena” que una simple reunión de amantes del vino; lo único que faltó, para hacer honor al número de invitados, doce, era haber servido un syrah, el “rojo místico”, que algunos afirman haber sido el vino consumido por Jesús y sus apóstoles. Esa noche fue una celebración y también la considero mi confirmación dentro de un tema que habría de convertirse en profesión y hobby. 

De esta cata quizás no se haya dicho o escrito suficiente, pero expertos de la talla de Michael Broadbent, críticos del calibre de Robert Parker, Hugh Johnson, y otras personalidades del ámbito gastronómico, han dedicado algunas páginas y palabras difíciles de copiar acerca de estos exquisitos y únicos vinos, que solo un manojo de personas en el mundo han tenido la oportunidad de probar. Es un orgullo pertenecer a ese pequeño grupo, después de todo yo sólo soy un sommelier colombiano sin otra pretensión que la de compartir mi conocimiento y mis experiencias con aquellos que quieran aprender a beber y a apreciar esta inigualable y misteriosa bebida.