Tres catas excepcionales, parte 1

La historia de los vinos ha tenido catas cuyos organizadores quizá nunca imaginaron que iban a trascender tanto. Recuperamos esta historia publicada originalmente en nuestra revista Placeres y que les entregamos en tres ediciones en este blog.

Texto: Víctor Orozco, sommelier 

París, 1976
Un desenlace inesperado que abrió los ojos del mundo hacia nuevos terroirs. Hasta 1976, reconocer que un buen vino podría provenir de cualquier terroir que tuviera las condiciones adecuadas para el cultivo de la vid, además, claro, de una producción impecable, era una herejía.

Definitivamente esta cata sacudió la historia del vino desde sus mismas raíces, cambiando no sólo la percepción de los europeos frente a sus propios vinos, sino el comportamiento del mercado respecto de los vinos del Nuevo Mundo, más concretamente de los de Norteamérica, Chile, Argentina, Australia, Nueva Zelanda y Sudáfrica. 

Hasta 1976 ninguna nación había podido desafiar la posición de los franceses como los productores de los mejores vinos del mundo. Por la razón que sea, un negociante de vinos en París, Steven Spurrier, organizó esta prestigiosa cata, hoy conocida también como “El juicio de París”. Spurrier congregó a once expertos catadores con la intención de determinar, de una vez por todas, la superioridad de los vinos franceses respecto de los californianos. 

En el evento, realizado el 24 de mayo de 1976 en el hotel Intercontinental de la Ciudad Luz, se enfrentarían vinos de Burdeos y Borgoña de la más alta jerarquía, contra vinos de California prácticamente desconocidos en el mundo. El jurado era la crème de la crème de los expertos franceses, entre los que había famosos escritores culinarios, propietarios de viñedos, críticos, sommeliers y el secretario general de la asociación de los “Grands Crus Classes”. La cata era a ciegas, así que ninguno de los jurados sabía la identidad o el origen de los vinos que iba a catar.

Antes de 1970 ya se habían realizado algunas competencias dentro de Estados Unidos contra vinos franceses, con resultados muy positivos, sin embargo, nunca se les dio el crédito necesario, pues la opinión de los europeos era que los jueces americanos sabían de alguna manera lo que estaban catando y no eran imparciales. Otra razón aducida fue que la calidad de los vinos franceses estaba afectada por el largo viaje a través del océano. Los franceses seguían siendo los mejores e iba a resultar muy difícil bajarlos de ese pedestal.

Los primeros vinos que se cataron aquella noche parisina fueron los blancos. La comparación era entre los “modestos” chardonnays de California y los mejores blancos de Borgoña. Los jurados produjeron sus votos y los entregaron con confianza y muy sonrientes. Habían dado el máximo puntaje a un chardonnay americano, con la certeza de que se trataba de un vino francés. El tercero y cuarto lugar también correspondió a “modestos” chardonnays de California. 

A continuación se catarían los rojos. Spurrier sabía que los americanos habían ganado y entró en pánico. En medio de su desconcierto informó a los jueces del triunfo de los americanos. Reconociendo que los consumidores le dan más importancia al vino rojo, después de ser informados de semejante fracaso con los blancos, los catadores franceses, con más arrogancia que de convencimiento, estaban seguros de que identificar los mejores tintos franceses en el segundo grupo iba a ser juego de niños. 

La cata progresaba. Los catadores, quizá pretendiendo mostrar una seguridad que estaban lejos de sentir, empezaron a hacer afirmaciones disparatadas como, “este tiene que ser un vino americano, la calidad es pobre” (probablemente era un fabuloso Haut-Brion o un Lafite). Después de mucho ir y venir a través de los diferentes vinos, los expertos emitieron sus juicios escritos: nuevamente uno de los tintos de California había obtenido los más altos honores. Se trataba de una confirmación devastadora. 

¿Qué estaba pasando? La confusión era total. No sólo los vinos de California alcanzaron el primer puesto en cada categoría, sino que obtuvieron varias de las más altas posiciones dentro de ellas. Fue evidente que los hábiles catadores franceses, convencidos de la superioridad de sus propios vinos, no sólo fallaron en reconocerlos, sino que habían expresado con firmeza, y en forma concertada, su preferencia por los vinos del Nuevo Mundo. 

Naturalmente, tras esta cata la situación cambiaría en forma dramática. Después del “desastroso evento”, Spurrier manifestó: “Yo pensé que tenía asegurada la victoria de los franceses”. Esta vez la derrota iba más allá del simple desconocimiento del nivel alcanzado por los vinos americanos, el cual era inobjetable. Una de las jueces solicitó, sin éxito, que su voto le fuera devuelto. Las razones antes esgrimidas acerca de jurados americanos y el largo viaje de los vinos desde los viñedos franceses hacia los Estados Unidos perdieron validez. The New York Times cuestionaba: ¿“Qué pueden decir ahora?”. El jurado estaba integrado en su totalidad por expertos franceses.

Los enófilos reconocen hoy que un vino extraordinario puede venir de cualquier parte: Italia, España, Chile, Argentina, o dondequiera que el clima favorezca la siembra de la vid. Hasta 1976, reconocer esto se consideraba una herejía. Ese fue el resultado del evento catalogado como la cata de vinos más importante de la historia, que cambió para siempre la percepción general de que sólo Francia poseía el terroir perfecto para producir vinos de alta gama. 

Steven Spurrier, el promotor de aquella histórica cata parisina de 1976. Foto www.decanter.com.