La vía láctea

Un viaje al universo de los mejores helados del mundo (de mi mundo, al menos).

Por: Dionisio Pimiento para Decanter

La vía láctea

Lo reconozco, soy de los que afirma que el ser humano sólo evolucionará hasta cuando equipare a la vaca y tengamos cuatro estómagos, uno de los cuáles tendría dedicación exclusiva para el mundo de los helados. Me gustan en versión tradicional, de frutas y de chocolate con más chocolate, pero también me gustan de sabores inéditos como de aceite de oliva o de quesos. He aquí entonces el listado de mis más entrañables recuerdos fríos.

Mi fichero incluía a Soft Touch y la copa de la casa que devoraba solo en cada cumpleaños hasta que, como evidencia adicional de su estancamiento, les dio por ponerse quisquillosos con los perritos y gatos. Ahora su espacio no sólo es "libre de mascotas" sino también de clientes. 

Los años pasan y el mimito de Mimo´s con maní y chocolate sigue siendo el mejor compañero cotidiano. Tuve también mi época Yogen Früz de agraz bañado en salsa de chocolate y cuando hace más de una década vivimos el boom de helados a $500, Friz en el centro de Medellín, era mi opción. Para mí además, una comida en Crepes & Waffles se remata por obligación con los mini-waffles con nutella.

YFK (The Yogurt Factory) promete 0% grasas, 0% azúcares y 0% culpas así que ataco los sándwiches de blondy con helado de yogur, ¡esto es dieta! Al Gato con Botas hay que entrar a pesar del decorado tipo casa de la Barbie. Aquí los sobrinos e hijos devoran las paletas en forma de garritas, mientras yo pruebo las de níspero, tamarindo y la de salpicón. La Paletteria es sin duda alguna Disneyland por lo que hay que degustar la de selva negra, la de chocolate suizo, la de cheese cake con Oreo, la de Milo y la de chocolate con caramelo. 

Estoy convencido que debemos apoyar opciones artesanales como las galletas de helado de Silvestre: las de jengibre y coco, chocolate y ají,  y la de lavanda-amapola, son imperdibles. 

Lo único por lo que aún voy a Le Gris en centro comercial Oviedo en Medellín es el helado selva negra y las gomitas verdes que llegan con la cuenta.  Mientras en el mítico La Provincia también en esta ciudad,  la artillería pesada sale en forma de volcán de chocolate con helado de vainilla, pie de turrón también de chocolate con salsa de mora y mango,  y claro, de marqués de chocolate, como no, con helado. 

Fuera de las montañas del Valle de Aburrá siempre recuerdo en Vera, Cartagena, la Panacotta Frutti di Bosco con frutos rojos, crema y hojas crocantes y un Giardino con chocolate, flores, fresas y helado. 

La vía láctea

Si extiendo las fronteras de "mi mundo" siempre recordaré dos postres de Theatrum en Quito: la deliciosa combinación de chocolate y banana baby ecuatoriana envuelta en masa filo, acompañada con sopa tibia de chocolate y suculento helado de vainilla, y el helado de queso azul, el cual siempre será el rey de reyes en mi corazón. Todo para lamerse los dedos. 

Turquía siempre será mi país amado. Con dolor veo cada noticia sobre su inestabilidad política y su gobierno. Entre muchos motivos, extraño su dondurma el cuál se prepara pegando la leche y los otros ingredientes con un palo de madera o metal. Comerlo es delicioso pero verlo preparar en alguna calle de Ankara o Estambul es parte del espectáculo evidenciando también la destreza para servirlo.

En París una de las paradas obligatorias es para comer un helado Berthillon en l´Ile Saint Louis. Lo ideal es sentarse a orillas del Río Sena a saborearlo y ver llegar quizás el más bello atardecer de la vida.

En  Nueva York el más estimulante lo probé cerrando el menú de Momofuku Ko y al hacerlo comprendí porque llaman a la visita a este espacio de David Chang,  “La Última Cena”. La despedida se hace dulce con un postre venido desde El Caribe: galleticas de merengue, helado de limonada de coco y un sorbete suculento de banano. Lo escolta una torta de calabaza con reducción de olivas negras y helado de aceite de oliva, ¡inolvidable!

 

La vía láctea

En España son varios los que vienen a mi mente: el de maíz de Hoja Santa de los hermanos Adrià, el de yogurt de La Bodega 1900 y la Vía Láctea del premiadísimo Celler de Can Roca. Pero quizás el que más me marcó pues además es la opción democrática justamente de los hermanos Roca es Rocambolesc. Aquí se puede incluso disfrutar de los panet, un panecillo de helado caliente ideal para el invierno; pero también se puede "jugar" y volver a la infancia con cualquiera de sus versiones frías: el de manzana al horno o el de coco con violeta "coronados" todos con algodón de azúcar. También están las paletas o polos con formas tan sui generis como la de la nariz del hermano menor de los Roca. La experiencia puede ampliarse con alguna de sus tarrinas exóticas: helado de parmesano, de espárragos y trufas, de rosas, de pan tostado con aceite de oliva, de carajillo de baileys o de mojito. ¡Viva la vida y a romper los moldes de lo convencional!

Ahora, ya si se trata de cerrar esta visita a mi mundo frío, sin duda el mejor helado ya no del mundo sino de toda la Vía Láctea es el de paila: puro sabor y pura honestidad.

 

 

 

 

 

Barcelona sin “giris”

Por: Dionisio Pimiento (@dpimiento/twitter) para Decanter

Hace un tiempo escribía para Decanter un texto sobre los lugares del París que me gustan, espacios con cierto sabor a autenticidad, a honestidad, con precios razonables y lejos de las hordas de turistas. Hoy retomo esta filosofía para compartir aquellos bares o restaurantes que he descubierto en Barcelona en mi reciente viaje en el marco de Alimentaria. Propuestas poco artificiosas y sin “giris”, aunque cada vez parece más complejo lograrlo en una ciudad que le ha apostado al turismo como salvavidas, y en la que se debaten entre la valoración de la aportación económica de esos visitantes y la fatiga ciudadana de una Barna Land, mientras algunas voces dicen que el futuro estará en los turistas de “alta gama” (como añorando que los rusos reemplacen los de sandalias que portan sombrero mexicano, “porque es muy tradicional de aquí”).
 
Viajando a la inversa, de las madrugadas eternas hacia el desayuno, empezaría por las noches en Les Gens que J´aime para tomar un par de gines con todo y clarividente en el sofá de enfrente. Un encantador bar subterráneo a pasos de Paseo de Gracia. Como el mejor antónimo está el bar donde se bebe absenta, aquella bebida “prohibida” –perfecto reemplazo, en casa, del alcohol y el merthiolate en caso de accidente por su “fogosidad”–, que está justo al frente de la Filmoteca.
 
La cena podría ser sencillamente sabrosa, pero con las murallas romanas de decorado en el Actic Bocoi, o comida veneciana con los mellizos de Xemei o tapeando en Quimet & Quimet (siempre de pie para degustar algunas de las más suculentas opciones. Combinaciones especiales con la mayor calidad en los productos), o quizás en El Xampayet con cava en copa de “quinces a la colombiana” y con algunas tapas cuya calidad no es lo importante, aquí lo que cuentan son el lugar y el ambiente.
 
Al finalizar la tarde vagaría catando patatas bravas, y me quedaría sometido ante el carácter de las del Bar Tomás, para muchos a quienes pregunté las mejores de las mejores, o en La Moritz junto a una cerveza fresca, tanto en la sede de Ronda St Antoni como en la del Mercat del Born.
 
A media tarde nada mejor que los croissants de mascarpone de Hofmann, o la tarta de banano y chocolate con un “café cortado” en la tienda de diseño de Martin Beristain.
 
Al medio día la primera máxima consiste en alejarse de La Rambla. Aquí todo es caro, mediocre y las paellas vienen directamente del microondas tras sobrevivir a las bajas temperaturas del congelador. De aquí en adelante todo será ganancia y quizás se anime a pagar los precios y a caminar hasta el Xiringuito de Escribà; a disfrutar de un almuerzo con vista al mar y recibido por una de las mujeres más enamorables que he conocido: media jornada profesora y media jornada anfitriona en el restaurante. Está también El Can Solé, sus propietarios, fascinantes, y sus arroces, caldosos
 
El desayuno podría ser simplemente un café de bar de barrio a lo largo de la ruta, o un brunch en Le Caravelle, incluyendo mimosa, buen café, huevos con chorizo al horno, y un crumble de postre. ¡Ligerito!
 
Habrá siempre una opción final que es maravillosa: visitar alguno de los mercados de la ciudad (elegir La Boquería si se desea ver en acción un museo-mercat, o pensar en otras propuestas como el de Santa Caterina o el de la Concepció de la Concepció) para antojarse de las verduras y frutas de temporada, algún queso y jamón de la región y una botella de Laya tinto o de Verdeal en blanco. Ya estará listo el menú del picnic. Ahora a elegir el lugar: quizás el Parc de la Ciutadella, tal vez en la playa de La Barceloneta, en La Biblioteca del Raval que antes era hospital o en algún rincón verde de Montjuic.

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Dionisio Pimiento
Un intento por la reflexión gastronómica
dpimiento.blogspot.com
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