Renacer en Pascua

Renacer en Pascua

En estos días, los cristianos recordarán la resurrección de Jesús, pero los motivos para festejar en Pascua no son únicamente religiosos. Desde que el hombre es hombre celebra la llegada de la primavera que irrumpe, en esta fecha, en el hemisferio Norte. La naturaleza se muestra fecunda: explosión de verduras, espigas, huevos, corderos. Todos estos ingredientes marcan, desde la tierra a la mesa, el eterno renacer.

La cocina de vigilia huele a pureza. Las ollas se llenan de hortalizas, legumbres, frutas y sobre todo pescados, un bocado al que con solo agregarle una S absuelve de los pecados. Esa criatura acuática remite por su color blanco y por su hábitat frío a la pureza. Es símbolo de los primeros cristianos y la regeneración de la vida. En tiempos de hambruna el pescado borraba las barreras sociales porque ricos y pobres accedían a él fácilmente. Los poderosos preferían en sus banquetes manjares de carnes rojas y reservaban para el diario los platos marinos. Todos se igualaban desde la comida ante los ojos de Dios.

El arenque salado fue durante mucho tiempo el rey de la Cuaresma debido a que el holandés William Beuckelszon encontró, allá por 1350, la forma de conservarlo sustituyendo la sal por salmuera. Su sucesor en el trono, hasta el presente, fue el bacalao. Para conservarlo se usaron varios métodos: la salmuera (la misma del arenque), el salado hecho directamente en los barcos o el secado con el agregado de sal, bajo los rayos del sol. Así, mantenido por largo tiempo y fácilmente transportable, el bacalao se hizo tan popular que sus pescadores obtuvieron el derecho a no quitarse el sombrero, nada menos, que ante Luis XIV.

Renacer en Pascua

 

Como no sólo de pescados sin pecados vive el hombre, para completar el menú de vigilia, desde siempre, se recurrió a los productos de la tierra, en especial a las hortalizas presentadas de diversas maneras. En Italia, el Viernes Santo, la torta pascualina ya es un clásico. La auténtica lleva una masa muy fina compuesta por treinta y tres capas, una por cada año de Cristo.

Romper con la Cuaresma, el domingo de Pascua, no es cosa sencilla, la carne elegida es el cordero, animal bíblico, que representa la mansedumbre del hijo de Dios. El mismo se acompaña con una copa de vino, que representa la sangre de Cristo.

También, para distintas horas del día y según los países, se hacen panes, dulces o salados, con masas como la rosca o la colomba di pasqua (paloma de Pascua). Algunas surgieron para rendir culto a las cosechas, otras para pedir el final de una sequía, aunque todas tienen en común el ser mensajeras de deseos de amor y paz.

Pero el protagonista comestible de esta fecha tan especial es, sin lugar a dudas, el huevo, símbolo universal del origen de la vida y la resurrección. La Iglesia católica le dio un nuevo significado a las creencias de otros pueblos: durante la Cuaresma la orden de excluir de las mesas todo producto animal (salvo el pescado) se hizo extensiva a los huevos. Al finalizar este período de abstinencia, el Sábado Santo, la gente, que por entonces criaba sus propias gallinas, llevaba a misa las canastas cargadas de huevos y los hacía bendecir para comerlos en familia al domingo siguiente. Otros elegían pintarlos y los arrojaban como muestra de alegría. También se los enterraba en huertas y jardines para asegurar buenas cosechas.

Durante la Edad Media los obispos y reyes cobraban impuestos y tributos con huevos. Luis XIV los hacía pintar de dorado y los regalaba a sus cortesanos. La costumbre monárquica inspiró a varios artistas que se dedicaron a decorar cáscaras. Después, esta costumbre se sofisticó y fue recreada en piedras y metales preciosos. El joyero Peter Carl Fabergé comenzó en 1885 una serie de diseños para los zares rusos. El primero lo hizo para la esposa de Alejandro III. Era un huevo de gallina de oro de sólo 6,4 centímetros, esmaltado en blanco, que a la manera de las muñecas rusas contenía varias sorpresas en su interior: una yema, también de oro, que contenía un pollito del mismo material con la corona imperial y dentro de éste aparecía un rubí con forma de huevo. El regalo sorpresa logró su objetivo: impactó tanto en la corte que, desde entonces, todos los años para Pascua los reyes y ricos le encargaron a Fabergé y sus herederos huevos-joyas. El joyero debía ingeniarse para que cada regalo fuese distinto. Aún hoy, en algunos museos o colecciones privadas, pueden verse estas obras de arte, verdaderas joyas lúdicas.

La plebe también se sumó a esta especie de juego del acertijo con huevos. Reemplazó el oro amarillo por una sustancia oscura, más acorde a sus posibilidades. Si bien es cierto que eligieron un material algo más blando, no se puede negar que este es mucho más rico y que también despierta pasiones. Sí, se trata del chocolate. Entonces... ¡dulces y felices Pascuas!