¡Regalándome el mundo!

Por: Dionisio Pimiento (@dpimiento/twitter) para Decanter

Lo confieso. Había dedicado horas a una de esas aplicaciones digitales muy conocidas; y lo había hecho en contra de cuanto aborrezco todo lo que en teoría facilita tu vida complicándola. ¡Caí en sus garras! Me tentaba muy burguesamente saber qué porcentaje del planeta conocía… ¡Cuán desagradable y esnobista soy! Estamos de acuerdo, pero lo he confesado, y espero que eso salve un poco mi alma.

Horas allí con la convicción de ser un globetrotter, un ciudadano del mundo; poniéndolo todo incluyendo cada municipio colombiano visitado para saber que tan solo “conozco” 19% del mundo. He alcanzado 50% del promedio de la vida, he superado incluso la edad máxima posible en el Imperio de Roma y únicamente conozco 219 ciudades, 27 países y según esta app solo he recorrido 365.179 km…, mis ojos solamente han descubierto 19% de la superficie de este mundo. Debería haberla, y de seguro la hay, una app para saber cuántas “cocinas” del mundo se han degustado. Con certeza me sentiría de nuevo derrotado en mis falsas creencias sobre mí mismo.

Con el ego por los suelos, decidí que mientras el bolsillo y la agenda permitan descubrir ese 81% restante, iba al menos a salir de ciertas zonas de confort y a descubrir nuevos restaurantes y nuevas cocinas. Comida italiana, francesa, española y afines serían secundarias en mis elecciones futuras.

Con esta decisión tomada, determiné que en mi visita a Alimentaria en Barcelona habría tapas y fideuá, pero también descubriría nuevos universos y por eso reservé, sin dudarlo, en Dos Palillos. Quería sumergirme en un restaurante que rechaza que lo definan como de “fusión”, por considerarse ciento por ciento japonés a pesar de ser liderado por un español. Sus dos estrellas Michelin, los excelentes comentarios que le preceden, el estar ubicado en una pequeñísima esquina de El Raval, antiguo barrio rechazado y hoy en pleno proceso de gentrificación, y saber que es el elegido por los chefs más reconocidos para un viernes en la noche en la más absoluta intimidad, ya me “hacía ilusión”.

Concretar la reserva era todo un logro, considerando que a la entrada hay una pequeña barra para picar –la cual no sugiero porque quien atiende lleva la caja y demasiadas prisas–, y al fondo, una única mesa en “U” en la que la cocina está en el centro. Dos sitios asegurados y aquí estamos para disfrutar de esta propuesta liderada por Albert Raurich, antiguo jefe de cocina de El Bulli como lo confirma la chaqueta exhibida al ingreso y firmada por todos los que hicieron parte de “aquella tropa”.

Ya aquí fuimos presenciando cómo se preparaba todo frente a nuestros ojos en un desfile de platitos japoneses en “versión tapa”. Empezamos por las verduras encurtidas, por los pecaminosos crujientes de piel de pollo con curri, por los raviolis de cerdo con salsa dulce de mango y por los rollitos de pollo del corral, albahaca, cilantro y tortilla, envueltos en una especie de fina oblea de arroz.

Siempre he sido un convencido de que el mejor regalo que alguien puede hacerte es abrirte el mundo; invitarte a dar el paso hacia nuevos aromas, imágenes y sonidos. La comida es en sí misma un viaje y hoy yo podría sumar mi país número 28 con las algas y los moluscos con un toquecito de vinagre y acompañados con flores comestibles, así como con el hígado de rape macerado en sake. Los kilómetros de dicha app se dispararían al saber que probé un ostrón del Delta, una minihamburguesa de carne de buey con sisho verde, las gambas al vapor de té, un temaki de ventresca de atún y la tempura de tomates cherry con wasabi.

Pequeños platitos que me llevaban por tierras que no conozco, pero que en aquella noche intuía y sentía muy cerca. Pequeños bocados o Dim Sum que, como lo dice la carta del restaurante, es un término cantonés que puede traducirse como “ordenar para satisfacer el corazón”. Bocaditos para llegar al alma, a la esencia humana. Preparaciones que como el nombre del restaurante, se comen con dos palillos, y que incluso coquetean con dos mundos como la papada de cerdo ibérico a la cantonesa, o mis preferidas de un día inolvidable: el carpaccio de medusa, un plato que jamás imaginé probar, y el shitake con yuzu rojo y negro.

Este regalo por nuevos universos que me daba Dos Palillos, también era un viaje por bebidas apenas probadas. La ocasión para navegar por las aguas del mítico sake y distinguir entre un honjōzō, un junmai, un ginjo, un daiginjo, nigorizake y un kajitsushu, para decidir que mi favorito es el Rihaku un poco dulce. Una travesía incluso por lo no intuido, la existencia de sakes espumosos.

Un recorrido que iba terminando, permitiéndonos llegar a buen puerto con un flan de mango y con los buñuelos japoneses.

Salgo del restaurante. A mi izquierda el mar, a mi derecha la montaña y frente a mí tanto por descubrir. Sin duda quiero devorarme el mundo y han sido muchos más de 300.000 los kilómetros que he recorrido, pues a la mayoría de los lugares que conozco he ido al menos tres veces. Al tiempo que espero descubrir nuevos territorios y nuevas cocinas, me retracto y confirmo que iré una cuarta y una quinta vez a esos sitios que amo; y al tiempo que degustaré comidas africanas que aún no conozco, repetiré con aquellos platillos que tocan mi yo más profundo.

En todo caso, en público, no soporto la ligereza de este tipo de aplicaciones tecnológicas. En silencio, solo en silencio, seguiré llenándolas para alimentar íntimamente mi ego.