Barcelona sin “giris”

Por: Dionisio Pimiento (@dpimiento/twitter) para Decanter

Hace un tiempo escribía para Decanter un texto sobre los lugares del París que me gustan, espacios con cierto sabor a autenticidad, a honestidad, con precios razonables y lejos de las hordas de turistas. Hoy retomo esta filosofía para compartir aquellos bares o restaurantes que he descubierto en Barcelona en mi reciente viaje en el marco de Alimentaria. Propuestas poco artificiosas y sin “giris”, aunque cada vez parece más complejo lograrlo en una ciudad que le ha apostado al turismo como salvavidas, y en la que se debaten entre la valoración de la aportación económica de esos visitantes y la fatiga ciudadana de una Barna Land, mientras algunas voces dicen que el futuro estará en los turistas de “alta gama” (como añorando que los rusos reemplacen los de sandalias que portan sombrero mexicano, “porque es muy tradicional de aquí”).
 
Viajando a la inversa, de las madrugadas eternas hacia el desayuno, empezaría por las noches en Les Gens que J´aime para tomar un par de gines con todo y clarividente en el sofá de enfrente. Un encantador bar subterráneo a pasos de Paseo de Gracia. Como el mejor antónimo está el bar donde se bebe absenta, aquella bebida “prohibida” –perfecto reemplazo, en casa, del alcohol y el merthiolate en caso de accidente por su “fogosidad”–, que está justo al frente de la Filmoteca.
 
La cena podría ser sencillamente sabrosa, pero con las murallas romanas de decorado en el Actic Bocoi, o comida veneciana con los mellizos de Xemei o tapeando en Quimet & Quimet (siempre de pie para degustar algunas de las más suculentas opciones. Combinaciones especiales con la mayor calidad en los productos), o quizás en El Xampayet con cava en copa de “quinces a la colombiana” y con algunas tapas cuya calidad no es lo importante, aquí lo que cuentan son el lugar y el ambiente.
 
Al finalizar la tarde vagaría catando patatas bravas, y me quedaría sometido ante el carácter de las del Bar Tomás, para muchos a quienes pregunté las mejores de las mejores, o en La Moritz junto a una cerveza fresca, tanto en la sede de Ronda St Antoni como en la del Mercat del Born.
 
A media tarde nada mejor que los croissants de mascarpone de Hofmann, o la tarta de banano y chocolate con un “café cortado” en la tienda de diseño de Martin Beristain.
 
Al medio día la primera máxima consiste en alejarse de La Rambla. Aquí todo es caro, mediocre y las paellas vienen directamente del microondas tras sobrevivir a las bajas temperaturas del congelador. De aquí en adelante todo será ganancia y quizás se anime a pagar los precios y a caminar hasta el Xiringuito de Escribà; a disfrutar de un almuerzo con vista al mar y recibido por una de las mujeres más enamorables que he conocido: media jornada profesora y media jornada anfitriona en el restaurante. Está también El Can Solé, sus propietarios, fascinantes, y sus arroces, caldosos
 
El desayuno podría ser simplemente un café de bar de barrio a lo largo de la ruta, o un brunch en Le Caravelle, incluyendo mimosa, buen café, huevos con chorizo al horno, y un crumble de postre. ¡Ligerito!
 
Habrá siempre una opción final que es maravillosa: visitar alguno de los mercados de la ciudad (elegir La Boquería si se desea ver en acción un museo-mercat, o pensar en otras propuestas como el de Santa Caterina o el de la Concepció de la Concepció) para antojarse de las verduras y frutas de temporada, algún queso y jamón de la región y una botella de Laya tinto o de Verdeal en blanco. Ya estará listo el menú del picnic. Ahora a elegir el lugar: quizás el Parc de la Ciutadella, tal vez en la playa de La Barceloneta, en La Biblioteca del Raval que antes era hospital o en algún rincón verde de Montjuic.

--
Dionisio Pimiento
Un intento por la reflexión gastronómica
dpimiento.blogspot.com
https://twitter.com/dpimiento

Fotos Shutterstock