Ñam en tres mordiscos

Tan corta como sus tres letras, tan corta como los tres días que duró, así se me fue Ñam, pero también así de sabrosa (precisamente por corta). Una mirada en tres mordiscos a la tercera versión del festival gastronómico de Santiago de Chile.

Texto y fotos: Claudia Arias, Taller de Edición

Cocina para el conocimiento
La localización de Ñam es suculenta, pues al estar en el hotel W, uno de los más lujosos de Santiago, está justo en una zona en la que priman buenos restaurantes, tiendas gourmet, bares y, para alegría patria de la autora de esta nota, una bonita y muy amplia tienda de Juan Valdez. Ya de puertas para adentro, el piso que alberga el evento es amplio, cómodo y con un muy buen auditorio, fundamental para un festival que tiene en lo académico –por llamarlo de alguna forma porque no es tan formal–, una de sus mayores fortalezas. Y es que precisamente uno de los plus de Ñam, es la posibilidad de tener a los cocineros tan cerca, pues en un tiempo en el que ellos se erigen como los nuevos rockstars, esto nos recuerda que son de carne y hueso y que por muchas estrellas Michelin que tengan o aún estando entre los 10 primeros de la Guía San Pellegrino, no son inalcanzables.

Son charlas muy simples, simples en el sentido de que lo que los chefs transmiten allí es un poco de su historia y trayectoria y cómo ha sido ese recorrido, para lo cual se apoyan de videos de gran factura y preparan una que otra receta en vivo –o en los mismos videos–, con una gran labor por parte de la organización del evento en cuanto a sonido, imagen y demás. Es el espacio soñado de cualquier estudiante de cocina o cocinero que esté arrancando, donde no solo escuchan a personas que probablemente les hayan influenciado, sino que hasta pueden tomarse fotos con ellos que suelen quedarse hasta el final y mostrarse muy cercanos.

El discurso se mantiene: Amor por lo propio, una mirada a lo local, importancia de rescatar los productos y preparaciones tradicionales y de dar a conocer al mundo las particularidades de cada país, de cada región.

Joan Roca del restaurante El Celler de Can Roca (Girona, España), catalogado como uno de los mejores del mundo, fue uno de los invitados a Ñam este año.

Joan Roca del restaurante El Celler de Can Roca (Girona, España), catalogado como uno de los mejores del mundo, fue uno de los invitados a Ñam este año.

Abriendo la boca
Más que para hablar, que se hace en el auditorio en el que se dan las charlas y talleres de los chefs, en la feria de vinos y tapas, justo en el espacio del lado, la boca se abre para pedir, probar y, bueno sí, un poco hablar, claro, pero ya en plan más social. Trece stands en los que los cocineros participantes del evento, proponía cada uno dos tapas, para maridar con vinos o destilados o con cocteles elaborados con los mismos.

La acogida de la iniciativa fue absoluta, tanto que el espacio terminaba quedándose algo corto, así que quizás sea este uno de los filones para crecer a futuro, si no en alternativas, que eran muchas y muy diversas, de sal y de dulce y para todos los gustos, sí en área, porque se trata del sitio de reunión del evento por excelencia. En esta versión podía escogerse desde tradicionales preparaciones chilenas como los porotos choros con riendas marinas del chef chileno Matías Palomo, pasando por el risotto de coco líquido con aceite de palma, menta y algas nori del brasilero Alex Atala, hasta las dulces tentaciones de Alejandra Hurtado de Canela Patisserie, con sus clásicos macarons (en su caso con sorprendentes mezclas de sabores) y otras preparaciones.

Y luego, en la noche, venían las cenas, que en el mismo espíritu de trabajo en colaboración que algunas de las charlas, se concebían entre tres chefs, el primer día teniendo a España como referente, el segundo a Brasil y el tercero a las mujeres. Sí, literalmente este segundo ingrediente de Ñam hace abrir la boca con todas las ganas, y ya cada quien define que bocado se mete en ella.

En el centro del salón de la feria de tapas y vinos había dispuestas barricas de vino, como mesas, para que los asistentes disfrutaran de los maridajes.

En el centro del salón de la feria de tapas y vinos había dispuestas barricas de vino, como mesas, para que los asistentes disfrutaran de los maridajes.

Producto
Este tercer ingrediente, que está presente de sobra en las charlas de los cocineros –y por supuesto en las preparaciones de sus tapas–, se echa de menos en algún tipo de exhibición y/o venta. Claro, para chefs como Ángel León de España, que trabaja con aquellos productos del mar que los demás seres humanos ni siquiera consideramos, por lo menos no hasta que él nos hace conscientes de ellos, sería difícil viajar a Chile con su plancton y sus algas, pero quizás algo de lo que vaya en su carta pueda llegar con él para que los espectadores lo conozcan y, de ser posible, lo compren.

El nombre festival es bien ajustado al hecho de que se trata de una fiesta de los sabores –comida y bebidas–, suficientemente celebrados con las charlas, feria de tapas y vinos y cenas, pero quizás no sobren un par de stands en los que, especialmente quienes vamos de otros países (que cada vez seremos más), conozcamos y hasta compremos, aquello que probablemente apenas estamos conociendo. Antes de montarme al avión me aseguré de traer conmigo un par de botellas de los jugos Tamaya de moscatel, sauvignon blanc y blueberry, y estoy segura que haberlos tenido in situ habría sido un verdadero hit. Igual con los alfajores, el manjar, los vinos.

En fin que me tragué Ñam Santiago, me lo saboreé y quedé plena con los tres mordiscos: aprendí, probé sabores nuevos y repasé otros y, finalmente, cargué mi maleta de delicias locales.

Gracias