Los freegans, una suerte de frikis gastronómicos

Su comida proviene de la basura, pero no por necesidad, sino por convicción: se niegan a comprar aquello desperdiciado en el mundo y que, en consecuencia, puede conseguirse sin necesidad de dinero.

Frutariana, así se declaraba uno de los personajes de la película Notting Hill, que reúne a Julia Roberts y Hugh Grant; decía ella que solo consumía frutas que habían caído de los árboles por sí solas, nada de arrancarlas. Excéntrico, pero no único, las tendencias mundiales en lo concerniente a consumo y alimentación no terminan de sorprender, y una de las más particulares del momento la constituyen los freegans.

El término proviene de free (libre) y vegan (vegano, vegetarianos que tampoco consumen alimentos derivados de los animales como leche y huevos), así que el tema no solo tiene que ver con el tipo de dieta, sino con la manera de conseguir los alimentos, aunque hay freegans menos selectivos en lo primero, siempre y cuando no hayan pagado por estos. Se trata, sin duda, de una postura política frente a un mundo amenazado por años de abuso por parte de la especie humana.

El tema de no pagar por las cosas trasciende la función de alimentarse y toca también con la ropa, objetos de casa y demás, solo que al ser la comida un tema cotidiano y uno de los bienes más desperdiciados en el mundo, esta es uno de sus principales motivadores. Los freegans desconocen el concepto de basura, pues entienden que hay muchos alimentos que pueden ser recuperados –esto sin entrar a discutir el tema de lo peligroso que puede resultar el asunto para la salud–.

Su motivación tiene un sustento real, pues como lo indica el informe Global Food Losses And Food Waste (Pérdidas y desperdicio de alimentos en el mundo), realizado en mayo de 2011 por el Instituto Sueco de Alimentos y Biotecnología para la Organización de Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO), anualmente se desperdician en el mundo cerca de 1.300 millones de toneladas de comida en buen estado (un tercio de la producción total de los alimentos). El propósito de no comprar se cumple más en unos que en otros, pero en suma, el ahorro y la conciencia siguen siendo su motivación.

Más allá de que algunos sientan pudor de ser vistos buscando sobras en las basuras, lo cual los tiene sin cuidado porque normalmente son personas educadas que llevan una vida digna y que hacen esto por elección, esta tendencia desencadena comportamientos interesantes, como aquél de buscar métodos de conservación y almacenamiento de la comida –cuando por ejemplo encuentran gran cantidad de algún vegetal–, para evitar ser ellos quienes lo desperdicien. En términos generales, el movimiento ha tenido mayor desarrollo en países ricos, pero poco a poco empieza a pegar en regiones como América Latina.

En Buenos Aires, por ejemplo, Ariel Rodríguez Bosio, un ingeniero ambiental freegan, organiza desde hace dos años las gratiferias, a las que la gente va, deja lo que no usa, y los que necesitan se lo llevan, donde hay ropa, libros, discos y cosas para la casa, que deben estar limpios y en buen estado. Gracias a la idea de Ariel, y a su ONG Arco Iris Universal, hoy la capital argentina cuenta con más de veinte gratiferias mensuales en distintos lugares y la iniciativa empieza a extenderse por fuera de sus fronteras, hay que aclarar que en ellas no opera el trueque, no hay que llevar nada para poder obtener algo y quienes llevan las cosas no esperan nada a cambio.

Claro, la comida también está presente, pero no para que la gente se la lleve, sino para compartirla, y, al igual que con los objetos, no hay que llevar nada para poder disfrutar de la misma; el tema es de compartir, de lo recogido en la basura, claro está, para hacer las jornadas más divertidas. Ya lo ve, mientras algunos hacen la lista de la compra, otros se disponen a tomar el menú que la calle les depare, eso sí, empiezan a conocer muy bien su entorno para tener búsquedas efectivas y saber, verdaderamente, cuál basura tiene esos tesoros que otros desechan, y que para ellos constituyen su sustento cotidiano.