¿Cómo comunicar el vino?

La objetividad funciona mejor que la subjetividad, pero nada va mejor que el humor, asegura el experto español José Peñín.

Texto: Claudia Arias

Foto usuario de Twitter José Peñín:  @JosePeninS.

Siempre que me siento a leer una nota de cata y a buscar la forma de contarles a los lectores qué pueden esperar de un vino, me encuentro con la dificultad de traducir los términos, normalmente lejanos, que aparecen en las etiquetas y notas de cata, y resulta que si a mí el aroma de un sauvignon blanc me recordó la piña, a mi vecino le vinieron a la mente duraznos.

Con esta encrucijada en mente, me senté a conversar con José Peñín, catador, consultor y periodista español especializado en vinos, que lidera la Guía Peñín, publicación más consultada en el mundo sobre vinos españoles. Se trata, sin duda, del comunicador del vino más importante del habla hispana, para quién tenía una pregunta muy clara: ¿cómo hacerlo? ¿Cómo lo ha hecho él? “He utilizado todos los métodos: catas, charlas, textos, y al final la mejor manera es que sea divertido”, anota.

Suena sencillo, pero no lo es. Ya en la práctica, Peñín dice que cuando está en un curso tiene que pasar por “lo obvio”, dar cierto contexto, pero luego prefiere que sea el mismo consumidor el que hable, en lugar de él darle un discurso. “Es ideal que la persona se enfrente a cinco o seis vinos y hable, dé su opinión sin temor”.

Para esto le ha resultado muy útil el método de la pregunta, pero no necesariamente sobre el aroma o el color –aunque también deben considerarse–, sino por ejemplo: ¿Cuál le gusta más? ¿Cuál es el peor? Y motivarlos a que recuerden o anoten esto para que cuando estén nuevamente ante ese vino que tanto les gustó, comparen su experiencia. Peñín dice que muchos expertos coinciden en que en términos de vinos, la única diferencia entre un amateur y un profesional es que este último sabe diferenciar, pero para diferenciar hay que probar, probar, probar y comparar.

El experto invita a las personas a que se ajusten a su gusto personal sin temor y cree que ahora se están elaborando vinos más frescos y afrutados, que pueden ayudar a acercar también a los jóvenes a la bebida. A ellos les recuerda que el vino es diferente de la cerveza, pues no es solo para beber, sino para degustar, y se trata de un medio para usar nuestros sentidos más olvidados: el gusto y el olfato.

Barreras del metalenguaje
Volviendo al tema del lenguaje que se utiliza al comunicar el vino, Peñín aboga por una cata más objetiva y menos subjetiva, es decir, hablar de un vino con cuerpo, fuerte, delgado, suave, fluido, cosas que efectivamente casi cualquier consumidor percibe; y dejar los términos más subjetivos, como herbáceo, con aroma a tabaco o chocolate, para los profesionales. Con la práctica, el que hoy es aficionado puede llegar a diferenciar estas y muchas otras características, pero no hay que ahuyentarlo antes de que lo haga.

Con respecto a Colombia, dice que tenemos una ganancia sobre países más consumidores, pues no existen vicios heredados en el consumo del vino, y esto es aún más evidente en lugares sin producción vitivinícola, como aquí, porque la cultura de la bebida ha sido prácticamente inexistente, así que está todo por construir. En términos de cuánto se consume hoy, poco más de un litro per cápita al año, bajo comparado con países como Argentina donde son más de 20 litros por persona al año, para él eso no es un problema, pues está seguro de que con el trabajo que se hace hoy desde el sector, en una década se estarán consumiendo unos cinco litros al año.

Simples cálculos, pero para él lo fundamental es que cada cual encuentre ese mejor vino –según el criterio personal–, que para Peñín toca con un vino singular en un momento especial, de trascendencia, con buena compañía, “porque nada más aburridor que beber solo, excepto para los que catamos”, anota.

Volviendo al tema que nos convoca, la comunicación del vino, recuerda que desde sus inicios lo que lo motivó fue transmitir la cultura del vino de cada lugar: el modo de vida, la forma de producción, los paisajes, la gente, que son cosas todas que también terminan por dar identidad a la bebida. Así que el tema no es de palabras rebuscadas y artificios, sino de sencillez y calor humano, de transmitir el amor y la alegría que suelen ponerles los productores a sus vinos.

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