Terrine de tofu, arroz de coco y serpentinas de pimentón

Deliciosa preparación vegana

Terrine de tofu

Ingredientes para la terrine (4 porciones)

100 g de almendras molidas

150 g de tofu fresco

120 g de queso ricotta

50 g de mortiños o agraz

60 g de albaricoques

70 g de ciruela pasa

60 g de cebolla cabezona

60 g de pimentón

2 dientes de ajo

Sal y pimienta al gusto

Una pizca de curry

Preparación

Pasa el tofu por agua caliente cinco minutos y escurre bien sobre un cedazo. Amasa bien con el ricotta y una vez integrado, agrega los demás ingredientes –menos los frutos secos–. Estira la pasta sobre una lámina de papel aluminio y pon sobre ella hojas de espinaca blanqueadas (pasadas por agua caliente), ciruelas pasas, mortiños y albaricoques. Enrolla y lleva al horno a 350 ºF por 15 minutos. Deja enfriar para retirar el papel aluminio y cortar en láminas.

Ingredientes para el arroz con coco

1 taza de arroz integral

Titoté de coco

100 g de panela

Sal

 Preparación

Pon tres tazas de agua a hervir. Agrega una taza de arroz integral y deja cocer a fuego medio hasta que seque (unos 25 minutos). Tapa, baja a fuego lento, termina la cocción y reserva. Mientras tanto, ralla dos cocos grandes pelados y licúa con una taza de agua tibia. Pasa esta mezcla por un cedazo y exprime bien hasta sacar la leche. Lleva a reducir este líquido en una sartén, mezclando constantemente hasta obtener el titoté, una “pasta” melcochuda de color caramelo. Escurre la grasa. (Ojo: tiende a quemarse fácilmente). Mezcla el titoté con el arroz, la panela y la sal y calienta.

Sirve la terrine con el arroz, decora con coco rallado y serpentinas de pimentón rojo, amarillo y verde. Acompaña con ensalada y vinagreta al gusto.

Sal para la vida

Roja, negra, gris o rosa, las sal le agrega sabor y color la vida.

En las mesas y cocinas suele encontrarse la sal fina o la marina, pero entre los gourmets ganan terrero sales de colores que dan a las comidas un toque diferenciador y un aire de tierra lejana. Dependiendo de su origen – marina o de roca – y de la forma en que se extrae, la sal tiene diferentes texturas y presentaciones: puede venir en escamas, en cristales o granos grandes, en flor o pétalos, o fina como la que usamos en tradicionalmente en la mesa.  Por todo esto, la sal retoma su valor ancestral, cuanto costaba su peso en oro.

Sal roja
Esta sal de origen hawaiano obtiene su color por la arcilla volcánica que se encuentra en los pozos donde se unen los ríos con el mar. Con ella pueden sazonarse carnes y pescados, obteniendo un sabor similar al de los frutos secos.

Sal rosa
Procede de minas subterráneas en el Himalaya y su sabor es amargo y su granos duros. También existe sal rosa del Perú, que se extrae en los Andes de las aguas que brotan de un océano que hace millones de años quedó atrapado bajo tierra y con la mismas técnicas que empleaban los incas, a diferencia de la sal Himalaya, su sabor es suave y un poco dulce.

Sal negra
Esta sal de la India debe su color al azufre que contiene por su origen volcánico, es fina y su sabor es menos fuerte que el de la sal tradicional. También se encuentran sales negras artificiales que se logran de combinar la sal marina con carbón activado, que se emplean en platos de restaurantes gourmet por su brillo y sabor diferenciado.

Flor de Sal de Guérande
Se le conoce como el caviar de las sales y se extrae en la desembocadura del río Loira en Francia. Es de color grisáseo y tiene un leve sabor a violetas. Su método de recolección es bastante artesanal y sólo puede hacerse en verano, cuando el calor del sol permite que se evapore el agua marina. Se emplea en ensaladas y sobre alimentos ya preparados, como carnes y pescados.

Mezclas gourmet
a fusión de sabores también está en auge en los saleros. Por eso es posible encontrar en el mercado mezclas listas que combinan con la sal con pimienta, limón, hierbas provenzales, jengibre, pimentón, y otras más exclusivas que contienen pétalos de rosa, lavanda, wasabi o trufas. 

Como fue que le cogí odio a...

Hay adultos que aún no superan traumas de infancia con ciertas comidas. El haber sido obligados a consumir ciertos alimentos en determinados momentos, parece ser imborrable.

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“Cuando estaba en kínder en el colegio Teresiano de Medellín, nos daban, no recuerdo bien si de desayuno o de media mañana, huevo revuelto; lo que sí no olvido es la vez en la cual me lo sirvieron y, acto seguido, yo vomité. Lo otro que se viene a mi mente fue cómo me limpiaron, con mi maletín que también se ensució: me empelotaron y me bañaron donde lavan la trapeadora”, cuenta Susana Medina, una diseñadora gráfica que a sus 40 años todavía no soporta el olor del huevo y tampoco le apetece su sabor, aunque dice que algunos le resultan provocativos a la vista.

Lo suyo con este alimento podría catalogarse como una fobia, un rechazo irracional a determinados alimentos, que se da tanto en niños como en adultos, cuando la simple posibilidad de tener que probar un alimento les ocasiona ansiedad, miedo y un rechazo compulsivo. El trastorno se basa en la asociación de un alimento con la sensación de peligro, malestar o, como en el caso de Susana, con una experiencia desagradable.

También con la leche tiene su historia, “aunque ningún trauma como el del huevo”, aclara. En este caso recuerda que cuando ya tenía algo de uso de razón, su mamá le servía leche con un poquito de azúcar, y más adelante se la daban con Sustagen en el colegio, algo obligatorio. “Era maluca, pero me la aguantaba, aunque cuando ya podía tomar algunas decisiones, la de la leche funcionó y ya en bachillerato no me la tomé más”, cuenta Susana.

Como lo ilustra esta historia, el tema es que obligar no se considera la manera, si bien los padres deben garantizar que sus hijos coman todos los nutrientes necesarios para su crecimiento y desarrollo, su tarea no consiste en forzarlos a comer de todo. En palabras de Mireia Long, editora del portal www.bebesymas.com: “Nunca hay que obligar a un niño a que coma algo que le da asco. Ni con presiones, ni con amenazas, ni con chantaje emocional ni mucho menos haciendo esas barbaridades que algunos todavía defienden: ponérselo desayuno, comida y cena hasta que ceda de hambre. Y tampoco, aunque espero que eso no lo haga ya nadie, agarrarle las manos o taparles la nariz hasta que se lo coman. Nunca”.

Así pues, hay que entender y aceptar que habrá cosas que nunca comerá, pero que existen maneras de invitarlo a que consuma otras o a que, si la fobia no llega a ser tan grande, tal vez termine cediendo. Estas son algunas de esas fórmulas:

  • Dejar el alimento a la vista del niño con frecuencia, pero sin invitarlo a que lo coma.
  • Integrar el alimento a la dieta familiar y consumirlo delante del niño, pero sin ofrecerle.
  • Incluir en su dieta alimentos que contengan los nutrientes que no toma debido a su fobia.
  • Involucrar al niño en la preparación de la comida: invitarlo a mercar, cocinar y servir los alimentos.
  • No ofrecerle otro alimento que le agrade, a cambio de que coma el que rechaza –esto fortalece el deseo de rechazo–, al igual que comentarios como: “ni le sirvas, no lo va a probar...”.
  • Introducir el alimento de forma continuada, sin prisa pero sin pausa.
  • Servir el alimento rechazado cuando más hambre tiene el niño, acompañado de su comida preferida, con una presentación atractiva. El aspecto de la comida, el olor y el gusto influyen mucho en la apetencia por los alimentos.
  • De cualquier manera, lo más conveniente es siempre invitar a los niños desde pequeños a probar la mayor variedad de alimentos, para que amplíen su universo de sabores y no teman arriesgarse.