Como fue que le cogí odio a...

Hay adultos que aún no superan traumas de infancia con ciertas comidas. El haber sido obligados a consumir ciertos alimentos en determinados momentos, parece ser imborrable.

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“Cuando estaba en kínder en el colegio Teresiano de Medellín, nos daban, no recuerdo bien si de desayuno o de media mañana, huevo revuelto; lo que sí no olvido es la vez en la cual me lo sirvieron y, acto seguido, yo vomité. Lo otro que se viene a mi mente fue cómo me limpiaron, con mi maletín que también se ensució: me empelotaron y me bañaron donde lavan la trapeadora”, cuenta Susana Medina, una diseñadora gráfica que a sus 40 años todavía no soporta el olor del huevo y tampoco le apetece su sabor, aunque dice que algunos le resultan provocativos a la vista.

Lo suyo con este alimento podría catalogarse como una fobia, un rechazo irracional a determinados alimentos, que se da tanto en niños como en adultos, cuando la simple posibilidad de tener que probar un alimento les ocasiona ansiedad, miedo y un rechazo compulsivo. El trastorno se basa en la asociación de un alimento con la sensación de peligro, malestar o, como en el caso de Susana, con una experiencia desagradable.

También con la leche tiene su historia, “aunque ningún trauma como el del huevo”, aclara. En este caso recuerda que cuando ya tenía algo de uso de razón, su mamá le servía leche con un poquito de azúcar, y más adelante se la daban con Sustagen en el colegio, algo obligatorio. “Era maluca, pero me la aguantaba, aunque cuando ya podía tomar algunas decisiones, la de la leche funcionó y ya en bachillerato no me la tomé más”, cuenta Susana.

Como lo ilustra esta historia, el tema es que obligar no se considera la manera, si bien los padres deben garantizar que sus hijos coman todos los nutrientes necesarios para su crecimiento y desarrollo, su tarea no consiste en forzarlos a comer de todo. En palabras de Mireia Long, editora del portal www.bebesymas.com: “Nunca hay que obligar a un niño a que coma algo que le da asco. Ni con presiones, ni con amenazas, ni con chantaje emocional ni mucho menos haciendo esas barbaridades que algunos todavía defienden: ponérselo desayuno, comida y cena hasta que ceda de hambre. Y tampoco, aunque espero que eso no lo haga ya nadie, agarrarle las manos o taparles la nariz hasta que se lo coman. Nunca”.

Así pues, hay que entender y aceptar que habrá cosas que nunca comerá, pero que existen maneras de invitarlo a que consuma otras o a que, si la fobia no llega a ser tan grande, tal vez termine cediendo. Estas son algunas de esas fórmulas:

  • Dejar el alimento a la vista del niño con frecuencia, pero sin invitarlo a que lo coma.
  • Integrar el alimento a la dieta familiar y consumirlo delante del niño, pero sin ofrecerle.
  • Incluir en su dieta alimentos que contengan los nutrientes que no toma debido a su fobia.
  • Involucrar al niño en la preparación de la comida: invitarlo a mercar, cocinar y servir los alimentos.
  • No ofrecerle otro alimento que le agrade, a cambio de que coma el que rechaza –esto fortalece el deseo de rechazo–, al igual que comentarios como: “ni le sirvas, no lo va a probar...”.
  • Introducir el alimento de forma continuada, sin prisa pero sin pausa.
  • Servir el alimento rechazado cuando más hambre tiene el niño, acompañado de su comida preferida, con una presentación atractiva. El aspecto de la comida, el olor y el gusto influyen mucho en la apetencia por los alimentos.
  • De cualquier manera, lo más conveniente es siempre invitar a los niños desde pequeños a probar la mayor variedad de alimentos, para que amplíen su universo de sabores y no teman arriesgarse.