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¿Qué significa saber de vinos?

Probando se aprende y mientras logramos ahondar nuestros conocimientos sobre la materia, lo mejor es pedir recomendaciones a quien pueda orientarnos.

Envidio sobremanera a aquellas personas que poseen un auténtico conocimiento sobre el vino y, más aun, a quienes disertan públicamente con autoridad sobre la materia. De la misma manera que sostengo que no soy chef profesional –jamás me he ufanado de serlo– sostengo que mi conocimiento sobre vinos es relativamente escaso, mejor dicho, de vinos sé exactamente lo que sé de carros… Conozco los mejores, aunque jamás los haya manejado. En otras palabras, reconozco los buenos vinos, pero me abstengo de hacer comentarios. 
Considero que la única manera de llegar a un buen conocimiento enológico es catando diariamente. Tal vez sea esa la razón por la cual la mayoría de europeos poseen un discernimiento de la materia, pues desde niños los están degustando mínimo dos veces diarias; inicialmente lo hacen con los regionales, posteriormente con los nacionales y finalmente, gracias a la facilidad de movilización que existe entre los países europeos, terminan por conocer aquellos vinos de otras regiones productoras, diferentes a la de su crianza. 
En nuestro medio, existen personas que son expertas catadoras, pues por edad, por patrimonio y por experiencia viajera, ya acumulan la trilogía de requerimientos básicos que el asunto exige. Para nadie es un secreto que para poder disfrutar entre nosotros de una pequeña y selecta cava, se hace necesario una gran fortuna. Convengamos entonces que, cuando el azar y el destino nos ubiquen a manteles en otra latitud diferente a este trópico, lo más conveniente al momento de tomar decisiones sobre el vino, es pedir consejo al propietario del restaurante, al maître o, si el lugar es de 1, 2 o 3 estrellas en la Guía Michelin, al sommelier, personaje este último que ha pasado la vida entera entre cavas, copas y botellas y se ufana de jamás haberse emborrachado.